Al oír su petición, el hombre la tomó en brazos. Las piernas de Fiona se enroscaron a su cintura, y sintió con claridad el cambio en el cuerpo de él. Un rubor le subió a las mejillas y el corazón empezó a latirle con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir por la boca.
Samuel la depositó con suavidad sobre la cama y apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo. Ella, tumbada bajo él, lo miraba con una intensidad seductora. Él tomó la mano de Fiona y la guio hacia los botones de su camisa.
—Desabróchala.
Con el rostro encendido, Fiona fue soltando los botones uno a uno. Cuando sus dedos cálidos rozaron los músculos definidos de su abdomen, la respiración de él se volvió más pesada. Quizás la encontró demasiado delicada, o quizás su contacto superó sus expectativas, porque en ese instante él bajó la cabeza y la besó de nuevo con avidez.
Cuando sus cuerpos se encontraron sin barreras, Fiona supo que ya no había marcha atrás.
Y no quería darla.
Estaba demasiado bebida para recordar con claridad cuántas veces fue, solo sabía que cambiaron de postura y de lugar una y otra vez. La cama, el sofá, la alfombra de pelo largo, incluso el balcón frente al ventanal sin cortinas, para terminar de nuevo en el baño.
La última vez fue allí, en la tina.
—¿Una vez más?
La voz grave de Samuel resonó en su oído, una invitación hipnótica. Era más tierno que antes. La abrazaba por la espalda mientras sus dedos acariciaban el dorso de su mano. Una corriente eléctrica pareció recorrerla, haciéndola temblar de nuevo. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había sentido eso esa noche.
—¿Mmm? ¿No quieres? —insistió él al no obtener respuesta, sus labios rozando su oreja en un juego de mordiscos y besos.
Fiona se mordió el labio y, finalmente, asintió.



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