Fiona se giró y vio a Samuel bajando las escaleras. Su mirada denotaba curiosidad. Al notar la expresión de ella, insistió:
—¿Qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara?
Fiona tragó saliva y negó con la cabeza.
—No es nada.
—¿Cómo que no es nada? Estás pálida —se acercó, se sentó a su lado y le tocó la frente—. ¿Te encuentras mal?
No quería contarle lo de Daniela para no crear más problemas.
—Quizás no he descansado bien anoche.
Se reclinó en el sofá, evitando su contacto. La mano del hombre quedó suspendida en el aire. Un claro disgusto se reflejó en su rostro.
—Fiona, ¿me estás evitando?
Al levantar la vista, se encontró con su mirada de reproche.
—Es tarde, tengo que ir a la clínica —dijo en voz baja, tras un silencio.
—¿A qué hora llega ese tal Ramos? —preguntó él, al verla levantarse.
—Sobre las ocho de la noche —respondió ella, en voz baja.
Los ojos de Samuel se ensombrecieron, pero no dijo nada más. La vio marcharse en silencio.
…
Estuvo en la clínica hasta el atardecer. Después de atender al último paciente, fue con la niña al aeropuerto.
Cuando Orlando salió, su mirada se posó en la niña.


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