Cuando Samuel se fue, ya eran las once de la noche.
Esteban estaba a punto de ir a ducharse cuando el celular que había dejado sobre la mesa empezó a sonar.
Bajó la vista y vio que era su asistente, Valentino.
Contestó el teléfono y preguntó con voz seria:
—¿Qué pasa?
—Señor Flores, la otra vez me pidió que investigara lo que pasó en la cárcel. Estuve indagando más a fondo y parece que hay nueva información…
—¿Nueva información? —Esteban no entendía—. ¿Qué tipo de información?
—Según la persona de contacto, la razón por la que la señorita Santana fue golpeada en la cárcel fue porque era muy conflictiva. Discutía constantemente con las demás e incluso hacía cosas muy pesadas, por eso la tenían entre ceja y ceja…
Al oír esto, la mano del hombre que sostenía el celular se apretó involuntariamente.
«Ja».
«Lo sabía».
«Con el carácter que tiene esa mujer, ¿cómo iba a quedarse quieta?».
«Resulta que todo fue porque se lo tenía bien merecido».
—¿Qué cosas hizo exactamente? ¿Puedes averiguar los detalles?
Esteban estaba de pie frente al enorme ventanal. Su atractivo rostro se reflejaba en el cristal, y el aire a su alrededor se volvió pesado y amenazador.
—Se dice que usó sus conocimientos de medicina para enfermar a una de las reclusas por un buen tiempo. Esa mujer casi muere por eso. También se rumora que le echó algo a la comida de las demás, provocando que tuvieran diarrea por días…
La voz de Valentino sonaba incómoda.
—Hay muchos otros detalles que prefiero no mencionar.
Cuando terminó de hablar, el rostro del hombre se ensombreció por completo.
—De acuerdo, ya entendí.
Después de colgar, arrojó el celular sobre la mesa, su pecho subiendo y bajando por la rabia.
Esa mujer se la pasaba fingiendo delante de su abuelo, engañando al anciano por completo, y casi le saca varios miles de millones.

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