Antes de que Samuel pudiera terminar, Fiona lo interrumpió:
—Estar ocupado no es excusa, no intentes usar eso para evadirme. De ahora en adelante, tienes que tomar la dosis que te dé puntualmente. Yo misma te la prepararé, solo tienes que venir a buscarla.
Al oír sus palabras, una sonrisa se dibujó en los labios del hombre.
En el momento en que ella lo soltó, él le tomó la mano.
—Que me trates tan bien, señorita Santana, hace que sea difícil no malinterpretar las cosas.
—¿Malinterpretar qué?
Fiona frunció el ceño, mirándolo confundida.
Samuel se acercó un poco más, la miró a los ojos y dijo con toda seriedad:
—Malinterpretar que estás perdidamente enamorada de mí.
Las pestañas de Fiona volvieron a agitarse frenéticamente.
En ese momento, sus emociones eran un torbellino.
—Señorita Santana —Samuel extendió la mano y, sin dudarlo, la atrajo un poco más hacia él—. ¿A que adiviné?
El tono de Samuel era despreocupado.
Cuando Fiona volvió a mirarlo a los ojos, sintió una punzada de lástima.
Dormir solo dos horas en dos días… si fuera ella, probablemente ya se habría desmayado.
—Bueno, ya vete a descansar. El remedio estará listo mañana por la tarde. Si tienes tiempo, acuérdate de venir a buscarlo.
—¿Y si no tengo tiempo? ¿Estarías dispuesta a traérmelo tú, señorita Santana?
La voz de Samuel tenía un matiz de sondeo.
Fiona se quedó perpleja por un momento, y luego dijo con indiferencia:
—Veremos cómo van las cosas. Si de verdad no tienes tiempo, llámame. Pero esta noche, vete a descansar temprano, y ni se te ocurra volver a desvelarte, ¿me oíste?
Al ver su expresión tan seria, Samuel asintió con una sonrisa.
—Claro, lo que tú digas.
Fiona lo empujó y extendió la mano hacia la puerta del carro.
Justo cuando estaba a punto de abrirla, el hombre detrás de ella le sujetó la muñeca.
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