—Samuel, nunca he estado en un lugar como este…
—Yo tampoco —la interrumpió el hombre antes de que pudiera terminar—. Relájate, de todas formas, hoy no pensaba hacerte nada.
Luego, la mano que descansaba en su nuca acarició suavemente su piel y la soltó.
El corazón de Fiona, que había estado en un puño, comenzó a calmarse.
Lo sabía. Un hombre tan sensato como él nunca haría algo tan imprudente.
Samuel arrancó el carro, miró por el retrovisor y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Parece que tenías razón. ¡Quién diría que tu sobrino sería tan rápido!
Fiona se giró rápidamente y vio una camioneta Cayenne negra que se dirigía hacia ellos.
Frunció el ceño instintivamente.
Por suerte.
No había pasado nada entre ellos…
Esteban estacionó su carro junto al Maybach de Samuel y bajó la ventanilla del copiloto.
Samuel también bajó la suya, apoyó el brazo en el marco de la ventana y lo miró con indiferencia, sin decir una palabra.
Esteban vio de inmediato a Fiona en el asiento del copiloto.
La mano con la que sujetaba el volante se apretó con más fuerza.
Cada vez que los veía juntos, sentía algo inexplicable.
Porque el aura de ambos era muy similar.
Esa sensación indescriptible era como si hormigas le estuvieran devorando el corazón, sin detenerse.
Al ver que no decía nada, Samuel rompió el silencio.
—¿Pasa algo, sobrino?



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