Se acercó rápidamente a la mesita de noche, tomó el celular y vio el nombre en la pantalla.
Era Esteban.
Fiona frunció el ceño, pero finalmente contestó.
—¿Qué necesitas?
—Así que de verdad despertaste…
La voz profunda y grave de Esteban sonó al otro lado de la línea.
Fiona miró al hombre acostado en la cama. Al ver lo profundamente dormido que estaba, temió que el ruido del teléfono lo despertara, así que salió de la habitación.
Cerró la puerta suavemente, se apoyó en la pared y preguntó en voz baja:
—¿Me llamas a estas horas de la noche solo para confirmar si desperté?
—¿Y por qué no? Aunque nos hayamos divorciado, sigo siendo tu exesposo. Saludar no tiene nada de malo, ¿o sí?
La voz de Esteban destilaba frialdad.
Fiona frunció el ceño.
—No me esperaba que el señor Flores se preocupara por mí algún día…
Apenas terminó de hablar, el hombre al otro lado de la línea se aclaró la garganta y cambió de tema.
—Ese tal Menchaca, ¿no me digas que volvió a tu habitación? ¿Piensa quedarse de guardia toda la noche?
Fiona sabía que su llamada no traía nada bueno.
Samuel ya le había contado todo lo que pasó por la mañana.
Esteban sospechaba que Raimundo era el amante que ella mantenía, y no era de extrañar que pensara así.
Después de todo, Raimundo tenía el atractivo para ello…
—Quien me acompañe no es de tu incumbencia. Es tarde, no vuelvas a molestarme con tus llamadas.

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