—¿Quién te lo contó?
Fiona frunció el ceño, mirándolo confundida.
La mirada de Samuel se ensombreció.
Le había prometido a Silvia que no diría ni una palabra.
Y si se lo había prometido a la niña, tenía que cumplirlo.
El hombre arqueó una ceja y dijo con voz profunda:
—Con mis recursos, si de verdad quisiera investigar algo, no sería muy difícil, ¿o sí?
Tras decir eso, Samuel la observó fijamente, con un rostro tan sereno como el agua, sin revelar la más mínima pista.
Fiona asintió, pensativa, pero no dijo nada.
Alguien tenía que habérselo dicho, pero fuera quien fuera, él no estaba dispuesto a revelarlo.
Porque desde que ocurrió el incidente no había pasado ni un día. Era imposible que hubiera mandado a alguien a seguirla o a investigar el asunto tan rápido.
Tras un momento, preguntó en voz baja:
—Entonces, ¿fuiste tú quien tumbó las noticias?
—Y según la señorita Santana, ¿quién más podría haber sido?
No le respondió directamente, sino que le devolvió la pregunta.
Fiona se quedó sin saber qué decir.
Aparte de él, no se le ocurría nadie más.
—No irás a pensar que fue tu galancito, ¿o sí?
Samuel se acercó un poco más, con una chispa de frialdad en los ojos.
La espalda de Fiona se tensó de repente.
Lo miró, incrédula.
—¿Qué tonterías dices? Él ni siquiera sabe lo que pasó, ¿cómo podría haber tumbado las noticias? Sé que fuiste tú…
—Entonces, ¿cómo piensa la señorita Santana agradecérmelo? Porque, si no me equivoco, te he ayudado otra vez.
Una ligera curva se dibujó en los labios de Samuel mientras la miraba con una expresión entre seria y burlona.


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