Fiona levantó la vista y se encontró con los profundos ojos del hombre.
Preguntó con curiosidad:
—¿Qué pasa?
Samuel dijo con seriedad:
—De ahora en adelante, nada de desvelarte. Descansa a tus horas, ¿escuchaste?
La espalda de Fiona se tensó por un instante.
En sus ojos, vio una intensa preocupación.
Era la primera vez que un hombre se preocupaba así por ella.
Cuando aún era esposa de Esteban, a él prácticamente no le importaba su vida.
Ya no digamos palabras de preocupación como estas; ni siquiera cuando estaba enferma recibía el más mínimo cuidado.
¡Realmente, sin comparación no hay decepción!
—¿En qué piensas? ¿Escuchaste lo que te dije?
Samuel le dio un suave golpecito en la frente con el dedo.
No fue fuerte, fue como tocar un algodón.
Pero Fiona se cubrió la frente por instinto.
—¡Ay! ¡Qué dolor!
A Samuel le hizo gracia su reacción exagerada.
—No usé ni un tercio de mi fuerza, ¿cómo te va a doler?
Fiona frunció el ceño.
—¡Pues me dolió!
Al segundo siguiente, Samuel se acercó y le dio un ligero beso en la frente.
Fiona no esperaba que la besara de repente y lo miró con sorpresa.
Justo después, escuchó la voz peligrosamente seductora del hombre en su oído.
—Si sigues con tus berrinches, te voy a llevar de vuelta a Costa de la Rivera.
Al oírlo, el corazón de Fiona se aceleró.
Aunque la frase no era explícita, entendió perfectamente el doble sentido.
Lo empujó rápidamente.
—Ya me voy.
Abrió la puerta del carro a toda prisa y bajó sin dudarlo.
Samuel observó su espalda mientras huía y no supo si reír o lamentarse.
—Abraham, qué vida nocturna tan activa tienes.
—No, no, para nada… No es así, señor Flores…
Samuel colgó el teléfono, con una leve sonrisa en los labios.
Fiona no podía estar a su lado.
Pero Abraham sí tenía compañía.
¿Será que le estaba dando muy poco trabajo durante el día?
Habría que aumentarle la carga…
***
Al día siguiente, por la tarde.
Cuando Fiona fue a recoger a Silvia a la escuela, se encontró a Bianca en la entrada.
Llevaba un sombrero y unos lentes de sol que la cubrían casi por completo. Aunque para los demás era irreconocible, Fiona la identificó al instante.
—¿Fiona?
Al verla, Bianca mostró una clara sorpresa en sus ojos.
—Vestida así para venir por tu hijo, señorita Morales, ¿acaso temes que la gente no se dé cuenta de que eres una celebridad?
Fiona se paró a su lado frente a la puerta de la escuela, esperando a que saliera Silvia.

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