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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 471

Cuando el carro llegó a la cima, Fiona quedó cautivada por el paisaje que se desplegaba ante sus ojos.

Abrió la puerta rápidamente y caminó hacia el barandal del mirador.

Santa Matilde, tras la nevada, era un lienzo blanco infinito.

La neblina de hoy no era muy densa, por lo que se podía apreciar con claridad el panorama allá abajo.

Las luces de miles de hogares se encendían una tras otra, como estrellas brillantes centelleando en sus propios mundos.

—¿Te gusta?

Una voz suave llegó de repente al oído de Fiona.

Ella giró la cabeza por instinto y vio al hombre acercarse lentamente.

—Me encanta —respondió Fiona sin dudarlo—. Es la primera vez que vengo a ver la vista nocturna desde aquí, no imaginaba que fuera tan hermosa de noche.

Samuel se paró detrás de ella, apoyando sus largas manos a ambos lados del barandal, envolviéndola por completo entre sus brazos.

Una intensa sensación de seguridad se extendió a su alrededor al instante.

Fiona no esperaba que él tuviera un gesto tan íntimo de repente, y su espalda se tensó por un segundo.

—Supuse que no habías venido de noche, así que te traje especialmente para que lo vieras.

Samuel ladeó la cabeza y la miró de reojo, con una leve sonrisa curvando sus labios.

Fiona giró la cabeza justo para encontrarse con sus ojos.

En el instante en que sus miradas se cruzaron, ella percibió un destello de ternura en sus pupilas.

La razón por la que la había traído aquí era, probablemente, porque había adivinado que ella no estaba de muy buen humor hoy.

La mirada de Samuel descendió hasta sus labios.

Fiona pareció sentir su impulso; se dio la vuelta rápidamente y lo empujó con suavidad.

—Quiero sentarme un rato.

Samuel siguió su deseo y se dirigió hacia la cajuela del carro.

Fiona se recargó en el cofre del vehículo y preguntó con curiosidad:

—¿A dónde vas?

Aunque Samuel le había comprado muchos regalos, esta debía ser la primera vez que le regalaba flores de manera formal.

Una fuerte emoción recorrió su pecho al instante.

Finalmente, extendió las manos, tomó las flores y, al sostenerlas, sintió que pesaban bastante.

—¿Cuándo las compraste?

—Las compré antes de venir —respondió Samuel con seriedad—. Supuse que tu estado de ánimo hoy no sería el mejor, así que las compré especialmente para ti, esperando que en tu mal día hubiera al menos algo bonito.

El hombre extendió su mano grande y acarició suavemente la parte posterior de su cabeza; sus ojos estaban llenos de cariño.

Fiona se sintió halagada y sorprendida, y por un momento no supo cómo responderle.

Al final, solo dijo:

—Gracias.

—Ya lo sabes, no me gustan los agradecimientos verbales...

***

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