En el camino al lugar del accidente, Fiona tenía el corazón en un hilo.
Nunca había sentido tanto miedo como en ese momento.
Temía que él realmente estuviera en ese avión.
Y temía que realmente estuviera muerto.
En ese instante, todo el arrepentimiento inundó su corazón y no la dejaba respirar.
Se arrepentía de haber estado en esa guerra fría con él, se arrepentía de no haberle dicho antes lo que realmente sentía.
Miles de pensamientos daban vueltas en su cabeza, torturándola.
Al llegar al lugar del accidente, antes de bajar del carro, Fiona vio el fuego ardiendo ferozmente.
Un humo denso se elevaba hacia el cielo, mezclándose con la nieve que caía.
Ese humo parecía quemarle por dentro, haciendo que su corazón sangrara.
La nieve caía con fuerza, pero no lograba apagar las llamas.
Viendo aquella escena dantesca, abrió la puerta del carro y bajó sin dudarlo.
Le temblaban las piernas y caminaba dando tumbos.
Sentía como si hubiera muerto por dentro.
Un dolor como nunca antes...
En el lugar, los bomberos seguían combatiendo el fuego.
Los llantos llenaban el aire, perforando los oídos de todos.
—¡Papá, papá!
—¡Mi bebé! ¡Solo tenía ocho años! ¿Cómo pudo pasar esto? ¡Tenía toda una vida por delante! ¿Por qué mi hijo? ¿Por qué tuvo que ser mi hijo?
—Mi novia murió... íbamos a casarnos, faltaban tres meses para la boda, ¡solo faltaba un poco!
...
Esas voces se clavaban una a una en los oídos de Fiona.
Cada grito era como un cuchillo hundiéndose en su pecho.
No estaba el de Samuel, ni el de Abraham.
Decían que aún faltaban diecisiete cuerpos por encontrar.
Podrían estar en el centro del incendio, desaparecidos para siempre entre las cenizas.
La nieve ya había cubierto el cabello y los hombros de Fiona. Temblaba de frío, pero se negaba a irse, permaneciendo inmóvil en su lugar.
No sabía qué esperaba.
Esperaba una respuesta.
O tal vez esperaba la posibilidad de que estuviera vivo.
...
Cuando los rescatistas acordonaron la zona, Fiona tuvo que retirarse.
Ofelia la sostenía mientras caminaban lentamente hacia adelante.
Al mover los pies, se dio cuenta de que los tenía congelados, y su cuerpo se inclinó involuntariamente hacia el frente.

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