—Voy para allá ahorita mismo.
—Ya llamé a la policía, mejor descansa y vienes mañana… —Fiona trató de detenerlo—. Además, la nieve cerró todo, de la clínica para acá es casi un kilómetro y en carro no se puede pasar.
—No importa, veré cómo llego. Espérame ahí, cuídate mucho y cualquier cosa márcame.
Fiona lo pensó un momento y aceptó.
—Está bien.
La policía llegó antes que Samuel. Fiona les contó todo.
La oficial a cargo, una mujer llamada Tamara, tomó evidencia de la escena y miró alrededor.
—¿No tiene cámaras de seguridad en la entrada?
—No. —Fiona negó con la cabeza—. Es que el local es nuevo, apenas terminé de arreglarlo y pensaba instalarlas en unos días. No creí que pasara esto tan pronto.
Tamara frunció el ceño.
—Revisaremos las cámaras de la zona para ver si captaron algo, aunque no es seguro que cubran su entrada. Haremos todo lo posible por encontrar a los culpables.
—Gracias, Tamara.
—De nada. —Tamara la miró—. Normalmente no se permite habitar los locales comerciales, pero dada la emergencia de la tormenta, no habrá problema. Dejaremos dos oficiales vigilando la zona, pero le sugerimos que se vaya a casa cuanto antes.
—Es que por la nieve no pude regresar y tuve que quedarme.
—Ya limpiaron la nieve, las calles están transitables.
—Entendido.
Samuel la cargó en brazos sin pensarlo y entró al local. Con sus manos grandes, levantó la ropa sobre su abdomen y un moretón rojo sangre saltó a la vista. Hasta Fiona se quedó helada al verlo; no pensó que fuera tan grave.
—Mierda.
Samuel apretó el puño y soltó la maldición. Era la primera vez que ella lo escuchaba decir una grosería.
—Te voy a llevar al hospital ahora mismo.
La cargó de nuevo y caminó hacia la salida, pero Fiona lo detuvo.
—Es muy tarde, mejor compra algo en la farmacia para untarme y ya.
Samuel protestó al instante:
—¡Claro que no! ¡Mira cómo está eso! ¡Tienes que ir al hospital!

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