Su voz contenía una furia intensa:
—¡Vaya que tienes agallas!
—Lo mismo digo…
Fiona curvó los labios en una leve sonrisa.
Quizás porque él le apretaba la mandíbula, su voz sonó un poco distorsionada.
—Esteban, ¿qué estás haciendo?
Justo cuando él iba a responderle a Fiona, una voz gélida llegó desde un costado.
La espalda de Fiona se tensó por un instante.
Ya había regresado con las medicinas…
No sabía por qué, pero la escena la hizo sentir inexplicablemente culpable. La postura en la que estaba con Esteban era, ciertamente, algo ambigua.
Al ver a Samuel, Esteban soltó rápidamente la barbilla de Fiona, aunque en el fondo de sus ojos había un rastro de rencor.
Bianca, por supuesto, también notó la ferocidad en la mirada de Samuel. Temiendo que estallara un conflicto en ese momento, se apresuró a hablar:
—Señor Flores, Esteban solo estaba bromeando con la señorita Santana.
—¿Bromeando? —El tono de Samuel era extremadamente frío—. Si no hubiera llegado a tiempo, me parece que Esteban la habría estrangulado.
—Señor Flores, ¿cómo dice eso? ¿Cómo haría Esteban algo así en público? —Bianca se apresuró a tomar a Esteban del brazo—. Esteban tiene que acompañarme por mis medicinas, así que nos vamos.
Acto seguido, lo jaló rápidamente para huir de la escena.
Esteban no dijo ni una palabra, pero la mirada que le lanzó a Fiona estaba cargada de un odio intenso.
Esa mirada no pasó desapercibida para Samuel.
Sin embargo, Esteban no se atrevió a mirar a Samuel a los ojos ni una sola vez; descargó toda su ira en Fiona.
Solo cuando se alejaron por completo, Fiona retiró la vista.
—¿Ya terminaste de verlos?
—¡Ah! ¡Cómo duele…!
Tal como esperaba, la figura delante de ella se detuvo al instante y volteó rápidamente hacia donde estaba ella.
El hombre sonrió con irritación ante su reacción.
—¿Vas a seguir fingiendo conmigo?
—No estoy fingiendo, ¡de verdad duele! —dijo Fiona haciendo un berrinche—. Ahora necesito que alguien me ayude a caminar…
—Te lastimaste el abdomen, no los pies…
—¡No me importa! ¡Me duele! ¡Me duele todo!
Fiona se dejó caer de sentón en una banca, en plena actitud de berrinche.
Samuel sintió una mezcla de enojo y gracia. Al final, no pudo seguir enfadado con ella; regresó sobre sus pasos y la cargó en brazos.
—¡Oye! —Fiona se sorprendió—. Samuel, ¿qué haces?

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