La persona parada en la puerta era, ni más ni menos, que Bianca.
Se acercó a paso veloz y con una sonrisa fría y burlona en los labios, soltó: —Señorita Morales, ahora que estás con el agua hasta el cuello, ¿cómo es que tienes ánimos para venir a pasearte por aquí?
Al terminar la frase, Bianca se quitó las gafas de sol y el cubrebocas con fastidio, mostrando una ira intensa en la mirada: —¿Fuiste tú?
Fiona se hizo la desentendida: —¿De qué hablas? No te entiendo.
—¿Que no entiendes? ¡Yo creo que te estás haciendo la tonta! —El estado emocional de Bianca se alteró de repente—. Aunque sé que probablemente no tienes tanta capacidad. Seguro fue Samuel quien te ayudó, ¿verdad? ¿Le pediste que interviniera por ti?
Fiona no tenía intención de andar con rodeos, así que habló sin tapujos: —Y si fuera así, ¿qué? ¿Acaso planeas mandar a alguien a atropellarme otra vez?
En cuanto esas palabras salieron de su boca, el rostro de Bianca se llenó de asombro.
Miró a Fiona incrédula, tartamudeando: —Tú... tú...
—¿Tú qué? —Fiona frunció el ceño y alzó la voz—. ¡Sé que fue obra tuya!
—¿Te atreves a difamarme sin pruebas? ¿Crees que no voy a...?
Fiona no la dejó terminar y la interrumpió tajante: —Raimundo revisó las cámaras de seguridad. ¡El conductor del BMW que me chocó era tu guardaespaldas! Aunque lo tengas escondido ahora, ¿crees que la verdad no saldrá a la luz?
Fiona comenzó a acercarse a ella paso a paso.
Bianca nunca había visto una expresión tan aterradora en su rostro y retrocedió instintivamente.
—Tarde o temprano, yo misma me encargaré de meterte a la cárcel. ¡Ese día ajustaremos todas las cuentas pendientes!
Los ojos de Fiona estaban inyectados de furia; su presencia era tan imponente que intimidó a Bianca.
Bianca sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo del coraje, pero no dijo una palabra.


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