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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 755

—No estoy malinterpretando nada.

Samuel la soltó de repente y caminó hacia el escritorio.

Fiona miró su espalda, notando cómo el ambiente se tensaba.

Decía que no pensaba mal, pero su actitud lo delataba por completo.

Encendió la computadora, probablemente para trabajar.

Fiona se acercó despacio, se sentó en el reposabrazos de su silla y miró la pantalla.

—¿No piensas dormir? Ya es muy tarde.

—Iba a dormir, pero se me quitó el sueño...

El tono del hombre destilaba un profundo desagrado.

Fiona captó la indirecta. Al final, sí le había molestado.

Puso la mano sobre su hombro.

—Ya, en serio no hubo otra intención. No te enojes, ¿sí?

Samuel miró la pantalla un momento, luego se recargó en el respaldo de la silla y suspiró levemente.

Después de una pausa, dijo:

—En realidad, debí haberme preparado mentalmente. Desde el día que empezamos, debí suponer que llegaría un momento así. Tienen un hijo en común, es imposible que corten lazos por completo.

Fiona percibió un toque de resignación en su voz.

Extendió las manos, tomó su rostro y lo giró para que la mirara.

Sus miradas se cruzaron y el aire se volvió denso.

Fiona le dio un beso suave en los labios.

—No importa cómo estén las cosas entre él y yo, nunca te voy a dejar. Mi corazón está contigo.

Al escucharla, las pestañas de Samuel temblaron ligeramente.

No dijo nada, solo la miró fijamente, con una intensidad profunda en los ojos.

***

Cuando Fiona despertó, le dolía todo el cuerpo. Al recordar la intensidad de Samuel la noche anterior, se sonrojó.

Fue al baño y, al verse en el espejo, soltó un suspiro al notar los moretones en su piel. Ya casi era verano, no podría usar bufanda. ¿Cómo iba a tapar eso?

Revolvió el armario hasta encontrar un pañuelo de seda para cubrir las marcas más visibles.

Apenas bajó las escaleras, recibió una llamada de Emilio. Le dijo que una madre y su hija habían ido a causar problemas y que decían conocerla.

Fiona manejó hasta el taller y, al bajar del auto, vio las dos siluetas familiares.

Eran Azucena Casas y Úrsula Santana.

Estaban paradas frente al mostrador, señalando las obras de Fiona y despotricando sin parar.

—¡Esto se nota a leguas que es falso! ¡Mandé a analizar este material y es imitación!

—¡Exacto! ¡El maestro que contrató mi hija es una eminencia!

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