Ella se giró al escuchar la voz y vio al hombre detrás de ella.
Era Samuel.
El hombre caminó hasta su lado, la colocó detrás de él y miró con expresión sombría a Azucena.
Azucena quería replicar, pero al ver que era Samuel, no se atrevió a decir ni pío.
—¡No vuelvas a venir aquí a causar problemas! Te he dejado pasar esta vez porque eres su tía y no participaste directamente en el asunto, pero si vuelves a molestar, ¡no tendré consideración contigo tampoco!
La voz de Samuel era cortante como el hielo, y su mirada, amenazante.
Por más disgustada que estuviera, Azucena no se atrevió a oponerse al hombre frente a ella y se dio la vuelta para marcharse de la propiedad.
Fiona observó cómo se alejaba, con el rostro aún serio.
Samuel se volvió hacia ella, mirándola con preocupación:
—¿Estás bien? ¿Te hizo algo?
Fiona negó con la cabeza:
—Estoy bien.
—La próxima vez que venga, llámame directamente. Yo saldré a encargarme de ella.
Fiona asintió suavemente:
—Está bien.
Samuel bajó la vista hacia la cesta de flores en su mano:
—¿Para qué cortas flores? ¿Son para ponerlas en agua?
—Sí —Fiona sonrió levemente—. Hay varios floreros vacíos en casa, quería llenarlos.
De repente, Samuel metió la mano en la cesta y eligió la flor más pequeña.
La sonrisa de Fiona se amplió:
—¿Qué pasa? ¿También te gustan?
Iba a darse la vuelta, pero sintió un par de manos sobre sus hombros.
El hombre la sujetó con firmeza, hablándole con una voz extremadamente suave:
—No te muevas.
Fiona se quedó atónita un segundo, pero luego se detuvo obedientemente.

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