—Está bien.
Fiona no tuvo más opción que obedecer. Se levantó dócilmente de la silla y caminó hacia la salida.
Después de llevarla a casa, Samuel llamó a Lucas y a Abraham para que lo esperaran frente a la casa de Daniela. Él llegaría enseguida.
Veinte minutos después.
Daniela, probablemente alertada por los rumores, intentaba huir.
Pero apenas abrió la puerta, se encontró con dos figuras bloqueándole el paso.
Eran Abraham y Lucas.
Abraham solía tener una buena impresión de esa mujer, pero al enterarse de lo perversa que era, le hervía la sangre del coraje.
Fiona era una buena mujer y Daniela la había atacado una y otra vez. Ahora, tras haber llegado al extremo de herirla tan brutalmente, Abraham sentía ganas de defender a Fiona él mismo, incluso si el señor Flores no intervenía.
Cuando Samuel llegó, su expresión era tan sombría que a Daniela se le heló la sangre.
—Ustedes dos, esperen afuera.
—Sí, señor.
Abraham y Lucas acataron la orden y se retiraron rápidamente, montando guardia en la puerta.
Daniela, sentada en el sofá, levantó la vista para mirar al hombre frente a ella.
Quería mantener la calma, pero le resultaba imposible.
Jamás había visto una expresión tan aterradora en el rostro de ese hombre.
—¿Te volviste loca? ¿O tienes algún problema mental? ¿Quieres que te lleve al psiquiátrico?
Samuel usó el tono más suave posible para decir las palabras más crueles.
Al escucharlo, Daniela sacudió la cabeza por instinto y fingió compostura:

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