Tras un silencio prolongado, el médico finalmente habló:
—Dada su condición, es muy probable que los dolores de cabeza se vuelvan frecuentes a partir de ahora. Lo único que puedo hacer es recetarle analgésicos para aliviar el malestar temporalmente.
Samuel parecía incapaz de aceptar la realidad. Se levantó de la silla con molestia y, sin siquiera tomar los resultados de los estudios, dio media vuelta y salió del consultorio.
Al ver esto, Fiona se volvió hacia el doctor y dijo apenada:
—Disculpe, doctor. Creo que dejaremos la consulta hasta aquí por hoy.
El médico le sonrió levemente sin añadir nada más.
Fiona tomó el reporte médico y caminó a paso veloz hacia la salida. Cuando llegó al pasillo, Samuel ya estaba al final del corredor; le costó bastante trabajo alcanzarlo.
Instintivamente, extendió la mano y lo sujetó del brazo.
Pero antes de que pudiera decir algo, el hombre se soltó de un tirón.
—Quiero estar solo. Vete a la casa —dijo él.
—No deberías estar solo en un momento así. Déjame acompañarte, ¿sí?
Pero no importaba lo que ella dijera, él se negaba a tener compañía. Caminó a zancadas largas y salió rápidamente del hospital.
Para cuando Fiona logró salir, él ya había tomado un taxi y se había ido.
Fiona observó cómo el auto se alejaba y sintió que el alma se le caía a los pies. Todavía sostenía el reporte médico en su mano, y sin darse cuenta, arrugó el papel con fuerza.
Si el abuelo estuviera vivo, tal vez él tendría alguna cura para esta enfermedad. Pero ahora mismo, ella estaba atada de manos.

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