Al ver lo molesta que estaba, Esteban no dijo nada más y se dio la vuelta para irse. Solo había ido a saludar porque los vio allí de casualidad tras su propia reunión. Nunca imaginó que Samuel olvidaría el cumpleaños de Fiona.
Cuando Esteban se alejó lo suficiente, Samuel se volvió hacia Fiona. Su voz temblaba ligeramente:
—¿De verdad es hoy tu cumpleaños?
Al ver la conmoción en sus ojos, Fiona supo que realmente lo había borrado de su mente. No respondió; simplemente caminó hacia la salida. Samuel la siguió de inmediato.
La observó por detrás y sintió que nunca la había visto tan solitaria como en ese momento.
No fue hasta que llegaron al estacionamiento que él la tomó del brazo. Fiona se detuvo al sentir el jalón, pero no se dio la vuelta. Se quedó ahí, parada.
Tenía los ojos llenos de lágrimas y temía que, si volteaba, rompería a llorar frente a él.
Lo que realmente le dolía no era el olvido del cumpleaños, sino la evidencia de que su enfermedad empeoraba rápidamente. Tenía pavor de que las cosas llegaran al punto que Samuel había temido: despertar un día y haber olvidado todo... incluso a ella.
Samuel se paró frente a ella y, al ver sus ojos anegados en llanto, sintió que el corazón se le partía.
—Perdóname, no fue mi intención olvidar tu cumpleaños...
—Sí es mi cumpleaños. Dijiste que tenías un regalo, que habías comprado un pastel enorme y reservado en un restaurante francés para cenar juntos —la voz de Fiona se quebró—. Estuve esperándote desde las seis de la tarde. Tu celular no entraba, el de Abraham tampoco...
No pudo seguir hablando; las lágrimas rodaron por sus mejillas.

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