Fiona sintió como si su mundo se derrumbara pedazo a pedazo, colapsando en un instante. Jamás imaginó que él olvidaría incluso su apellido.
—¿Es Chen? No, espera... ¿Fiona Arroyo? —preguntó Samuel con cautela—. Recuerdo que tienes una amiga que se llama Annie Santana, ¿verdad? En eso no me equivoqué, ¿cierto?
La comisura de sus labios se curvó en una sonrisa suave y sus ojos la miraron llenos de expectativa.
Por un momento, Fiona no supo qué responder. Había olvidado a tanta gente, pero recordaba a Ofelia y a ella. Quizás en su subconsciente sabía que Ofelia era la única que realmente había sido buena con ella.
Fiona se dio la vuelta para ocultar que sus ojos se habían llenado de lágrimas.
Samuel la abrazó por la espalda, frotando su rostro contra su cuello, y le habló con ternura:
—Fiona, ¿por qué te callaste? ¿Acerté o me equivoqué de nuevo?
Ella negó con la cabeza. Al bajar la mirada, una lágrima rodó por su mejilla y cayó al suelo.
Desde su posición, él no podía ver que estaba llorando. Solo sintió que sus hombros temblaban ligeramente. Quiso girarla para verla de frente, pero Fiona se resistió, así que solo pudo seguir abrazándola, sin entender por qué lloraba de repente.
Después de calmarse un poco, Fiona levantó la vista y lo miró.
—Samu, ¿por qué no dejas de ir al corporativo un tiempo? Quédate conmigo, ¿sí?
Solo tenía dos razones para hacer una petición tan absurda. La primera era el miedo a que en la empresa se dieran cuenta de su estado; si se corría el rumor de que su memoria fallaba, alguien podría aprovecharse para atacar su negocio. La segunda razón era el temor a que, en cualquier momento, él lo olvidara todo. Que la olvidara a ella, su hogar, e incluso quién era él mismo...
Nunca pensó que se verían en una situación así. Sentía el corazón oprimido, como si una mano invisible lo estrujara.
Samuel respondió con calma:



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