A pesar de haber perdido la memoria, su instinto fue protegerla.
Las lágrimas seguían cayendo como perlas rotas.
—Lo hecho, hecho está; llorar no va a cambiar nada —dijo Esteban acercándose y poniendo una mano sobre su espalda para consolarla—. Ya arreglé todo en Santa Matilde. En cuanto la condición de mi tío se estabilice, enviaré a alguien para trasladarlo.
Fiona se secó las lágrimas de la cara, pero no apartó la vista de Samuel.
—¿El abuelo ya lo sabe?
—Por ahora no —admitió Esteban con franqueza—. No me atrevo a decirle todavía, temo que no pueda soportar el golpe.
Fiona asintió levemente sin decir más. Se levantó y caminó hacia la salida.
Esteban la siguió. Tras cerrar la puerta, Fiona fijó su mirada en Abraham.
—¿El chofer sigue vivo?
—Murió en el acto —respondió Abraham con un suspiro.
Fiona sintió un nudo en la garganta y el ambiente se tensó.
—¿Ya intervino la policía? ¿Qué fue lo que pasó exactamente?
—El reporte preliminar indica una falla en los frenos, pero se necesita una investigación más profunda para confirmar los detalles.

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