Al escuchar eso, Bianca levantó la vista, mirándolo con total asombro.
La mirada que Raimundo le dirigía era sumamente compleja.
—¿Qué pasa? ¿No quieres? —Raimundo curvó los labios en una sonrisa fría—. Aunque es cierto que no tengo tanto dinero ni poder como Esteban, al menos puedo darte una vida estable...
—¿No se supone que amas a Fiona? ¿A qué viene esto de repente?
Bianca frunció el ceño, su voz sonaba grave y cautelosa.
—Tú también amabas a Esteban con locura y al final terminaste con otro, ¿no? —Raimundo sacó otro cigarro y lo encendió—. Da igual con quién estés. En lugar de andar con un hombre casado, mejor quédate conmigo...
—Con lo que tú tienes, podrías conseguir a la mujer que quisieras. ¿Por qué yo?
En los ojos de Bianca apareció una señal de alerta. Lo miraba con desconfianza.
El hombre exhaló una bocanada de humo y la miró de reojo:
—¿Tú qué crees?
—No me importa la razón, pero por favor, no pongas tus ojos en mí. ¡Con quién ande o deje de andar no es asunto tuyo! Solo somos socios, fuera de eso no tenemos nada que ver.
—¿Ah, sí? —Raimundo sonrió con sarcasmo—. Pues yo no pienso lo mismo...
—¡Cállate!
Bianca se levantó bruscamente de la silla y lo miró desde arriba.
Raimundo observó el nerviosismo en su rostro, y la curva de su sonrisa se acentuó.
Bianca lo miraba hacia abajo, y él le devolvía la mirada.
Se quedaron así, en silencio, observándose mutuamente.
—Si no hay nada más, me voy.
Sin esperar respuesta, Bianca se dio la media vuelta y salió caminando a paso veloz.
Raimundo miró su espalda mientras se alejaba, y su sonrisa se hizo aún más amplia.
***

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