A Esteban se le marcaban las venas de la frente del coraje.
No dijo ni una palabra más; se levantó molesto de la silla y caminó a zancadas hacia la salida.
Al ver que se iba, Gisela preguntó con curiosidad:
—Ya casi vamos a comer, ¿a dónde vas?
—Tengo cosas que hacer, no voy a cenar.
La voz de Esteban sonó gélida desde la puerta, llegando a los oídos de todos.
Fiona giró la cabeza para ver cómo se alejaba, y su expresión se fue oscureciendo poco a poco.
En ese momento, sintió unas manos en su cintura.
Alguien la pellizcó con fuerza, haciéndola fruncir el ceño por el dolor.
Fiona reaccionó rápido y se encontró con la mirada llena de disgusto del hombre a su lado.
El que la había pellizcado era Samuel.
Ya era la segunda vez que la cachaba mirando a Esteban a escondidas…
Fiona esbozó una leve sonrisa y no dijo nada.
Samuel se levantó de la silla:
—Papá, si él no va a comer, entonces que sirvan la cena.
—Está bien.
Gisela, al verlos caminar juntos hacia el comedor, sentía que el pecho le iba a estallar de la rabia.
Nunca se había dado cuenta de que Fiona tuviera tantas mañas.
Samuel era un hombre extremadamente exigente; en todos estos años, ninguna mujer había logrado llamar su atención.
Y ahora resulta que había caído rendido a los pies de Fiona…
Al levantarse, Gisela miró hacia el comedor.
Fiona estaba sentada junto a Samuel; ambos platicaban y se reían, viéndose muy felices.
Las manos de Gisela, a sus costados, se cerraron en puños de golpe.
Simplemente no podía tragarse el coraje por lo que les hacían a ella y a su hijo.


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