Una emoción extremadamente compleja se extendió por su interior, negándose a desaparecer.
Él deseaba, más que nadie, que Luisa Santana volviera a su lado.
Incluso había intentado por todos los medios abrir una brecha entre ella y Samuel, pero el afecto entre ellos era tan profundo que ningún tercero podía interferir.
Cuando Fiona llegó a Villa San Telmo, eran casi las diez de la noche.
Como se bajó con prisa, dejó el celular olvidado en el coche y no se dio cuenta hasta que entró en la casa.
Justo cuando pensaba regresar por él, escuchó el grito del niño: —¡Mamá!
Fiona levantó la vista hacia la dirección de la voz.
Pedro bajaba las escaleras del segundo piso, descalzo.
Al ver esto, Fiona frunció el ceño de inmediato: —¿Por qué no traes zapatos?
Esteban venía detrás del niño, bajando apresuradamente.
Al ver a Fiona, redujo el paso.
—Escuchó el coche y corrió para ver si eras tú. Estaba tan ansioso que ni se puso las pantuflas... —explicó el hombre con una sonrisa amable.
Fiona lo miró brevemente y luego fijó su atención en Pedro: —¿Qué tienes? ¿Dónde te duele?
—Me duele la panza y no se me quita la diarrea, no sé qué pasa. —Pedro hizo un puchero, mirándola con cara de sufrimiento—. Mamá, ¿puedes revisarme?
Dicho esto, estiró la mano rápidamente y agarró la muñeca de su madre.
Fiona lo llevó hacia el sofá.
Luego, se volvió hacia el hombre a su lado: —Tráele unas pantuflas.
Esteban asintió rápido y se dirigió al zapatero.
El zapatero estaba cerca de la entrada. El coche de Fiona estaba estacionado en el patio, sin seguro.
En ese momento, el tono de llamada de un celular sonó desde el interior del vehículo, llegando claramente a los oídos de Esteban.
Sus pasos se desviaron involuntariamente hacia allá.


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