El hombre no pudo terminar la frase porque Fiona lo interrumpió de tajo.
Lo fulminó con la mirada, con los ojos cargados de molestia.
Al ver su reacción, Samuel guardó silencio y se limitó a observarla.
Sus miradas se cruzaron de nuevo, sin que ninguno dijera nada.
Después de un largo silencio, el hombre se levantó del sofá y caminó hacia ella con paso ligero.
—Ya te conté todo lo mío. ¿Y tú? ¿No deberías confesarme algo también?
Fiona respondió sin dudar:
—¿Qué te voy a ocultar? No pasó nada entre él y yo, así que no hay nada que contar.
Al instante, el hombre extendió sus manos fuertes, la tomó por la cintura y la jaló hacia él de un tirón.
La repentina cercanía hizo que el corazón de Fiona se acelerara.
Samuel la miró a los ojos, con una expresión gélida.
—¿Cómo sé que no me estás mintiendo?
Al ver esa cara, a Fiona le hirvió la sangre.
Lo miró fijamente y soltó con sarcasmo:
—Tardo más de una hora en ir de mi estudio a su casa y regresar. En tan poco tiempo, ¿qué se supone que podría haber hecho?
El hombre frente a ella se quedó callado.
Fiona sonrió con ironía y agregó:
—Aunque Esteban sea un patán, en ciertos aspectos no le pide nada al señor Flores. Media hora no es suficiente para él...
Al oír esto, a Samuel se le hincharon las venas de la frente del coraje.
La mano que tenía en su cintura apretó con más fuerza.
Al ver la furia en el rostro del hombre, ella instintivamente puso las manos sobre su pecho para intentar empujarlo.
Pero las manos firmes de Samuel le atraparon las muñecas sin esfuerzo.


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