—¡Así es! Ya llevé esta pieza con un experto para que la checara, y está hecha de piedra falsa. ¡Aquí está el reporte con aumento de microscopio, está lleno de grietas! ¡Son unos estafadores!
...
Al escuchar aquello, Fiona apretó con fuerza la correa de su bolsa.
Recordaba perfectamente esa escultura del pez. La recordaba porque estaba hecha de un jade de primera calidad, del mismo lote que usó para restaurar la pieza de Samuel. Por eso la escultura era cara; el precio inicial era de tres millones de pesos.
Había pensado que, por el precio, sería difícil venderla en la tienda física y planeaba subirla a la plataforma en línea más adelante.
Pero apenas unos días después de exhibirla, Emilio le dijo que alguien la había comprado.
Ella se había preguntado quién sería el comprador.
Resulta que fueron estos alborotadores...
Recordaba vagamente que Emilio le mencionó el nombre del cliente, algo como Damián Arroyo. Seguramente el verdadero comprador no fueron estos dos.
¡Se notaba a leguas que solo venían a causar problemas!
Fiona aún no se acercaba del todo cuando la mujer de rojo la vio y giró la cámara hacia ella: —¡Miren todos! ¡Aquí viene su famosa influencer! Esta es Fiona, ¿verdad?
La cámara la enfocó de golpe, y el rostro de Fiona se oscureció al instante.
Echó un vistazo al número de espectadores en el directo: ya iban más de setenta mil personas.
Una persona común y corriente no tendría tanta audiencia si no estuviera usando el nombre de Fiona para transmitir.
Leyó el título del video: "Fiona vende falsificaciones".
Esas palabras se clavaron como una espina en su corazón.


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