Al escuchar la voz de Andrés, Fiona levantó la vista, horrorizada, hacia Samuel.
Luego, sacudió la cabeza con desesperación.
—¡Samu, no!
—¡No te muevas! —le rugió Andrés, con los ojos llenos de crueldad.
Esa mirada salvaje no pasó desapercibida para los dos hombres enfrente.
Israel también miraba a Andrés con asombro, antes de volver la vista hacia Samuel.
Su tono fue urgente:
—¡Samu, no escuches sus tonterías!
—Si no te arrodillas, ¿crees que no soy capaz de degollarla? Si no me creen, pónganme a prueba.
Andrés apretó la mandíbula, y la ferocidad en sus ojos se intensificó.
Los tres clavaron la mirada en Samuel.
Fiona vio un destello de duda en los ojos de él.
¡Realmente lo estaba considerando!
La dignidad de un hombre es sagrada, y alguien con el orgullo de Samuel jamás se arrodillaría ante otro hombre, mucho menos ante un enemigo.
¡Ella no podía soportar que su hombre sufriera tal humillación!
Si él se arrodillaba, tal vez nunca podría volver a levantar la cabeza frente a Andrés.
Ese no era el escenario que ella quería ver, ¡y no iba a permitir que sucediera!
Tenía que pensar en algo rápido, solucionar esto ella misma y escapar de las manos de Andrés. Solo así Samuel no sería manipulado y tendrían una oportunidad de salir de allí.
En cuanto esos pensamientos cruzaron su mente, Fiona comenzó a trazar un plan concreto.


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