—¿Fiona?
Preguntó Samuel con cautela.
Fiona reprimió la ira en su corazón y mostró una expresión tranquila y natural.
—No importa, ya estamos juntos. Sé que todo lo que ella hace es para conseguirte.
Así que no iba a permitir que Valeria se saliera con la suya.
Ella iba a estar bien con Samuel, iba a proteger su hogar y su relación.
Si Valeria ya estaba así de desesperada cuando ellos ni siquiera se habían casado...
¿Qué pasaría si se casaran? ¿Valeria se moriría del coraje?
Samuel miró el rostro de Fiona, libre de cualquier reproche, y sintió que el corazón se le llenaba. Levantó los brazos y la estrechó en un abrazo.
Estaba más seguro que nunca de que Fiona era la persona a la que debía proteger con todas sus fuerzas en esta vida.
Nadie era más importante que ella.
Fiona se quedó atónita por el repentino abrazo, pero luego le devolvió el gesto lentamente, sonriendo.
—Samu, entonces ya no estás enojado conmigo, ¿verdad?
Si estaba dispuesto a abrazarla, debía significar que habían hecho las paces, ¿no?
—No, ya no estoy enojado. —Samuel no podía mantener el enojo—. Pero, ¿por qué trajiste a Pedro hoy? ¿Fuiste a recogerlo a casa de los Flores?
Fiona negó con la cabeza.
—Esteban me llamó. No podía ir a recoger a Pedro, así que me pidió que fuera yo.
—¿Y dijo cuándo se lo llevaría de vuelta?
—Sí, lo dijo. —Fiona levantó la cabeza desde su pecho y clavó la vista en su rostro—. Dijo que después de cenar alguien vendría a Costa de la Rivera a recoger a Pedro.
Pero no dijo quién.
Cualquier cosa era mejor que Pedro quedándose a dormir y que Samu le hiciera un berrinche.
Al escuchar esto, la insatisfacción en los ojos de Samuel se disipó gradualmente.
—Más le vale.

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