Naturalmente, Tristán no era tonto, dado el éxito que había alcanzado.
Sabía que la única forma de ir contra Fernando era tomando a Berenice como rehén.
Si revelaba la ubicación de Berenice, su batalla contra Fernando estaba perdida.
—¡Espero que puedas seguir soportando esto! —Fernando apretó con más fuerza, asfixiando a Tristán. El semblante de éste se estaba poniendo verde mientras sus miembros se agitaban en el aire.
Aun así, Tristán se negó a ceder.
—Mátame… si te atreves…
Los guardaespaldas y los miembros de la Familia Cabrera observaban ansiosos desde lejos.
—¡Libera a mi tío de inmediato! ¡De lo contrario, habrá graves consecuencias!
—¡Somos la Familia Cabrera! ¡No puedes permitirte ofendernos! ¡Libéralo ahora mismo y pídenos clemencia!
—¡Si no lo sueltas ahora mismo, llamaremos a la policía!
Sin previo aviso, Fernando agitó la mano izquierda, disparando docenas de agujas casi imperceptibles a todo el mundo.
Sus agujas alcanzaron a los miembros de la Familia Cabrera, a los guardaespaldas e incluso a las amas de llaves encogidas en la esquina.
Aparte de Carlo, que se acurrucaba a un lado sin decir palabra, todos se derrumbaron.
El miedo se apoderó de los ojos de Tristán al presenciar aquella escena.
Sin embargo, eso también fortaleció su determinación de aferrarse a Berenice como su última moneda de cambio.
—Fernando, tú… mejor…
Fernando no quiso perder más tiempo y volvió a apretar el agarre.
Tristán no podía hablar y su rostro se había puesto morado. Parecía que iba a morir en cualquier momento.
—¿Dónde está Berenice?
El cerebro de Tristán había empezado a perder oxígeno y se estaba desmayando, pero seguía resistiendo obstinadamente.
Tras decenas de segundos, se desmayó por falta de oxígeno sin revelar el paradero de Berenice.
Fernando tiró a Tristán al suelo con el ceño fruncido y presionó algunos puntos del cuerpo de éste con los dedos de los pies.
El inconsciente Tristán no tardó en abrir los ojos y gritar de dolor. Estaba claro que sufría una gran agonía.
Su rostro se contorsionó mientras sus venas se hinchaban de forma antinatural.
—¿Qué me has hecho, Fernando? Haz que pare. —Empezó a golpearse como si intentara reducir su tormento.
Con indiferencia, Fernando respondió:
—Tan solo he aumentado tu sensibilidad al dolor decenas de veces. Veamos cuánto tiempo puedes aguantar.
—¡Ya no quiero vivir! ¡Quiero morir! —gritó Matías con voz ronca desde el segundo piso.
Se estaba portando mal otra vez.
Las únicas voces audibles en la mansión en ese momento eran los gritos del padre y del hijo.
De pie fuera y escuchando los gritos de dolor, Alisa se puso tensa.
—¿Qué hizo?
Fernando levantó la barbilla y entró en la mansión.
—Parece que necesito condimentar un poco las cosas.
Tristán amenazó de inmediato:
—¡Estás muerto si te atreves a tocar a Mati, Fernando!
Un momento después, volvió a chillar de dolor.
Fernando no tardó en llegar al segundo piso.
Soportando su dolor, Matías rugió a Fernando, que se acercaba a su cama:
—¡Mátame, Fernando!
Fernando tomó a Matías por el cuello y se dirigió hacia el balcón.
Matías bajó la mirada y se asustó.
—¿Qué estás haciendo?
Tristán levantó la cabeza y se puso aún más ansioso.

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