¡Crash!
El sonido de un jarrón rompiéndose de repente sonó en la oficina del CEO del Grupo Reg.
La apacible disposición habitual de Limberto había desaparecido y su rostro estaba contorsionado por la rabia.
—¿Fernando en verdad dijo eso?
Tras salir corriendo de la Clínica Médica de Jerónimo, Elvia respondió:
—Sí. Dijo que debías dejar de soñar y que nunca te daría las fórmulas de los medicamentos para las heridas y para adelgazar.
Al escuchar eso, Limberto se rio con frialdad.
—Fernando se cree un pez gordo ahora, ¿eh? ¿De verdad cree que tiene el poder para ir contra mí?
Los labios de Elvia se crisparon.
«Ah… Fernando también dijo algo parecido antes».
Sin saber que Elvia ya había cambiado de opinión, Limberto se volvió hacia ella.
—Ve. Haz los preparativos necesarios. Quiero que la Clínica Médica de Jerónimo fracase y que Fernando se ponga de rodillas para suplicarme perdón. Y lo que es más importante, quiero que me entregue las fórmulas en persona.
Tras un momento de vacilación, Elvia tomó la palabra.
—Señor Salas, Fernando cuenta con el respaldo de las familias Hernández y Mejía. ¿Deberíamos hacer esto? Además, si la Señorita Zavala se entera de que va por Fernando, ¿no le daría eso una peor impresión de ti?
—Fernando pudo haber hecho un favor a las familias Hernández y Mejía antes, pero no se opondrían a mí por su culpa. En cuanto a Bere… ¿No sería mejor que supiera de esto?
Por desgracia, las palabras de Limberto dejaron a Elvia perpleja.
—¿Por qué será?
—No hay forma de que Fernando le diga a Bere la verdadera razón —dijo Limberto con una risita irónica—. Así, ella y todos los demás pensarán que voy tras él por celos. ¿Quién sabe? Puede que incluso tome la iniciativa de interceder ante mí en favor de Fernando. Entonces tendré un motivo para disfrutar de una comida privada con ella, ¿no?
En cuanto Limberto lo mencionó, sus ojos ardieron de rabia.
«Argh… Pensé que después de mover los hilos para fingir que salvaba a Berenice, podría invitarla a cenar. Sin embargo, ¡sólo me dio las gracias y rechazó todas mis invitaciones a cenar!».
A pesar de querer decir algo, Elvia pensó que sería mejor morderse la lengua.
—De acuerdo. Haré los arreglos de inmediato.
«¿Quién soy yo para expresar mis opiniones si Limberto quiere ir por ahí buscando problemas? No puedo arriesgarme a que sepa lo que estoy ocultando… De lo contrario, podría terminar muerta».
Cinco minutos más tarde, Fernando acababa de entrar en la residencia Aguilar cuando recibió un mensaje de Elvia.
Tras leer el contenido, borró rápidamente el mensaje.
—Ja. ¡Es imposible detener a este tipo cuando está en pie de guerra!
Esteban, que se había acercado a la puerta para dar la bienvenida a Fernando, sintió curiosidad.
—¿Qué ocurre?
Fernando se encogió de hombros y sonrió.
—No es gran cosa. Es sólo que Limberto tiene ganas de pelea.
A continuación, le hizo a Esteban un resumen de la situación, incluido el complot secreto de Limberto contra Grupo Cardenal y cómo quería apoderarse de Berenice y del dinero.
—Limberto Salas debe tener ganas de morir —dijo Esteban con frialdad—. ¿Quieres que le haga entrar en razón?
Fernando le dio a Esteban una palmada firme en el hombro.
—Si haces eso, solo se esconderá. ¿Cómo voy a sacar a la luz todo lo que hizo, entonces? Deja que haga lo que quiera. Quiero ver hasta dónde llegará para conseguir sus objetivos.
—Claro. En ese caso, ¿quieres ver al anciano o tratar primero a Aranza?
Intuyendo quién quería verlo, Fernando respondió:
—Pues que espere esa persona mayor.
Los labios de Esteban se crisparon.
«Dios mío… ¡No hay mucha gente en Lindavista que tenga las agallas de hacer esperar a ese hombre!».
Sin embargo, como Fernando ya lo había decidido, Esteban no tuvo más remedio que guiarlo hasta Aranza.
Sabiendo que Fernando iba a pasar por allí para administrar el segundo tratamiento de acupuntura a Aranza, Ramona había dejado de lado parte de su trabajo y se había apresurado a acercarse. Al ver al hombre, no pudo evitar soltar un bufido desdeñoso.
—Hmph. ¿Por qué has tardado tanto? ¿Has perdido la confianza?
—Llegué tarde porque estaba pensando si debía ir a un hotel o a casa de cierta persona para regodearme cuando esa persona pierda hoy —dijo Fernando, con los labios curvados en señal de desprecio.
La expresión de Ramona se volvió al instante fría como el hielo.
—¡Sigue soñando!

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