Bernabé levantó la cabeza, con la mirada llena de conflicto.
Esa noche, Sabino y Zacarías eran sus activos más poderosos.
Ambos habían sido derrotados. No tenía sentido que la última persona diera un paso al frente. Sólo conduciría a una muerte segura.
Elsa dijo con calma:
—Si nadie se presenta, de acuerdo con las reglas, ustedes pierden. A partir de este momento, no habrá ninguna relación entre la Familia Solís y la Familia Mendoza. No tendremos ninguna relación entre nosotros.
—Tus heridas no son graves. Toma esta píldora primero, y luego comenzaremos tu tratamiento.
En ese momento, la voz de Fernando interrumpió.
Se acercó y le dio a Sabino una píldora curativa.
Elsa frunció el ceño, disgustada de que Fernando hablara en aquel momento.
Pero esta noche, para eclipsar a la Familia Mendoza, reprimió por un tiempo su fastidio.
Salomón soltó una fría carcajada, planeando darle una lección a Fernando más tarde. Mientras tanto, Fernando permanecía imperturbable, mirando atento a Hades Dorado en el escenario.
La tensión llenaba el ambiente.
—¡Bernabé, déjame tomar la última ronda!
La intensa hostilidad que emanaba del Hades Dorado le inquietaba.
En lugar de esperar a que Hades Dorado hiciera un movimiento, era mejor para él tomar la iniciativa y tener una lucha justa con él ahora.
«¡Jajaja!».
Al escuchar las palabras de Fernando, Salomón no pudo evitar reírse.
—Fernando, ¿estás aquí para entretenernos?
Señalando a Sabino y Zacarías, declaró con orgullo:
—Ninguno de los dos, un Gran Maestro del Reino Terra de rango intermedio y un Gran Maestro del Reino Terra de rango preliminar, son rivales para mí. ¿Quién te crees que eres? Con tus habilidades, ¿realmente crees que puedes derrotar a un Gran Maestro del Reino Terra?
—Este tonto debe de estar aquí para alivio cómico. —Yunes rio, retomando la conversación—. Míralo. Podría noquearlo de un solo puñetazo. ¿Cómo se atreve a pensar que es rival para el enmascarado? ¿Está alardeando porque hay unas cuantas señoritas guapas presentes?
Señalando a Bernabé, dijo de golpe:
—No pierdas más tiempo. Envía a tus hombres a su perdición. Aún no he tenido suficiente entretenimiento.
Jazmín se limitó a frotar con suavidad la cabeza de Yunes sin intentar detenerlo.
—¡Yunes! —Ramona se levantó, con expresión sombría—. Haz un ruido más y verás si no te doy un puñetazo.
Estaba representando al ayuntamiento esta noche y no debería hacer declaraciones.
Sin embargo, no podía evitar sentirse molesta cada vez que veía que Yunes apuntaba a Fernando.
Yunes parecía un poco asustado de Ramona, encogió el cuello y se acercó más a Jazmín.
Ésta miró a Ramona, sus labios rojos se entreabrieron un poco.
—Ramona, Yunes es sólo un niño. ¿De verdad necesitas ponerte tan seria?
Ramona resopló.
—¿Un niño? ¿Has visto alguna vez a un niño que siempre esté gritando sobre pelear y matar, completamente fuera de la ley? En mi opinión, no es más que un alborotador que merece una buena paliza.
Jazmín frunció las cejas, pues las palabras de Ramona eran bastante irrespetuosas.
Mientras tanto, todos los presentes se volvieron para mirar sorprendidos a Ramona.
Estaba claro que Jazmín y sus acompañantes eran individuos extraordinarios de Durban. ¿Cómo iba a atreverse Ramona a enfrentarse directamente a ellos?
«¿Y por qué me resulta tan familiar?».
—Ramona, Jazmín, dejemos de discutir ahora. —Beltrán se rio mientras se levantaba.
Una mirada traviesa se posó en Fernando.
—Pero, ¿y tú? ¿De verdad vas a entrar?
Bernabé dijo ansioso:
—¡Doctor Lemus, no puede hacer esto!
Alisa tiró con suavidad de Fernando y le susurró:
—No te andes con tonterías, o mi abuelo nos regañará a mí y a mi padre.
Fernando retiró la mano, flexionándola un poco.
—Soy joven y fuerte. Apuesto a que este viejo enmascarado no es rival para mí. Tendría las de ganar en una pelea.
Salomón no pudo evitar reírse de nuevo.
Incluso se aguantó el estómago mientras decía:
—Fernando, ¿estás aquí para hacernos reír? ¿Puede alguien con cerebro decir algo así?
Yunes, asustado por Ramona, encogió el cuello y murmuró:
—¡Basura pretenciosa mereces que te caiga un rayo!
Ramona vaciló un momento sin decir palabra.
Aunque no conocía a Fernando desde hacía mucho tiempo, lo comprendía.
No era alguien que actuara sin pensar.
—Bernabé, ¿qué te parece? —Elsa miró a Beltrán y, tras notar su casi imperceptible asentimiento, se volvió para preguntar a Bernabé.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Médico Supremo