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Médico Supremo romance Capítulo 190

—¡Mi abuelo quiere verte!

Fernando no se había alejado mucho de la Villa No.1 en Bahía Dragón cuando el auto de Ramona chirrió hasta detenerse delante de él. Fernando frunció las cejas.

—¿Para qué?

Si no fuera por Nataniel hoy se habría asegurado de que Yunes tuviera una muerte horrible. Aunque no muriera ese día, lo haría en los siguientes. Sin embargo, por culpa de Nataniel, Fernando tuvo que reprimir su impulso asesino. La sola idea era suficiente para irritar a Fernando.

«¿Por qué los nobles deben gozar de inmunidad ante la muerte? ¿Acaso la gente corriente merece morir más que ellos?».

Ramona frunció el ceño.

—Fernando, ¿puedes dejar de ser tan testarudo? ¿Te das cuenta de lo que te ocurriría si Yunes muere hoy?

—Ya has lisiado al Pequeño Tirano sin tener que preocuparte por las repercusiones, ¿qué más quieres? ¿Sabes cuáles serían las consecuencias si fuera otro el que pusiera un dedo sobre el Yunes?

Fernando abrió la boca, pero al final contuvo lo que inicialmente quería decir.

—¡Bien, veamos qué tiene que decir Don Aguilar!

Media hora más tarde, Fernando llegó a la residencia de los Aguilar junto con Ramona para ver a Nataniel. Además de Nataniel, había otra persona presente: Jazmín. Fernando frunció las cejas al instante y se dio la vuelta para marcharse.

—Fernando, ¿qué estás haciendo? —Ramona le agarró de repente.

Con un suspiro tranquilo, Nataniel dijo:

—¡Jazmín, discúlpate con Fernando! —Hizo una pausa y añadió—: ¡Discúlpate de rodillas!

El cuerpo de Jazmín se estremeció, su rostro hizo una mueca visible. Nunca se había disculpado ante nadie, y menos de rodillas. Recordando las instrucciones de Nataniel, no tuvo más remedio que reprimir su desgana e indignación. Dio un paso adelante, con las mejillas sonrojadas por la vergüenza, y se arrodilló ante Fernando, bajando la cabeza.

Ramona susurró:

—Déjala hablar. Ya está arrodillada.

Sin embargo, Fernando permaneció inexpresivo.

—¡No trato a los que no tienen sentido del bien y del mal! —Tenía diez normas de no tratamiento. Una de ellas era no tratar a los que estaban moralmente corrompidos y no tenían redención.

Jazmín no podía distinguir el bien del mal, defendiendo ciegamente a Yunes. Sus acciones eran una distorsión de los valores morales. Además, Fernando nunca trataba a nadie cuando estaba de mal humor. En ese momento, su humor no podía ser peor.

Bastante molesta, Ramona espetó:

—Imbécil, ¿no puedes ser un poco más flexible? Además, esto es obra tuya, no es como si hubiera nacido muda.

—¡Me niego!

—Jazmín es, después de todo, la joven de la Familia Sevilla. Nunca se ha arrodillado ante nadie en su vida, así que será mejor que te des prisa.

—¡No me importa!

Al ver la actitud resuelta de Fernando, Jazmín frunció el ceño y se levantó, con los ojos llenos de vergüenza y rabia. Se había arrodillado, pero Fernando seguía sin mostrarle respeto, despreciando su dignidad y orgullo.

Bastante enfadada, Ramona empujó a Fernando y exclamó:

—¡B*stardo!

—Muy bien, Ramona, saca a Jazmín primero… —A Nataniel no le sorprendió demasiado. Suspiró en voz baja e hizo un gesto despectivo con la mano.

—¡Maldita sea! —Ramona maldijo de nuevo, indicando a Jazmín que abandonara el patio primero.

Nataniel señaló a Fernando.

—Por favor, siéntate.

Fernando no se sentó. En su lugar, dijo:

—Don Aguilar, siéntase libre de decir lo que piensa.

—Parece que sigues enfadado conmigo.

Fernando dijo:

—Don Aguilar, usted está pensando en el panorama general, y tiene sus propias consideraciones. No tengo motivos para enfadarme. Después de todo, algunas personas nacen privilegiadas, a diferencia de la gente corriente, y tienen privilegios de inmunidad. Es justo que la gente corriente como nosotros lo acepte. —Aunque afirmaba que no estaba enfadado, estaba claro que era cualquier cosa menos eso.

Nataniel esbozó una sonrisa irónica.

—Vamos, Fernando. —Luego dijo—: Pero tienes razón, algunas normas son así de injustas, ni siquiera nosotros podemos romperlas. Después de todo, ¡la estabilidad de la sociedad es más importante que todo lo demás!

—¡De repente, las declaraciones de igualdad me parecen verdaderamente risibles! —«Las personas con poder actúan temerariamente sin miedo, dejando que la gente corriente sufra».

«¿Es realmente tan difícil lograr la igualdad?».

Pasaron tres días en un abrir y cerrar de ojos. Jazmín y su grupo habían abandonado discretamente Ciudad Jade, como si nunca hubieran estado allí. Después, la paz volvió a Ciudad Jade.

La Familia Solís y la Familia Mendoza también comenzaron sus enfrentamientos abiertos y encubiertos. Sin embargo, bajo la presión de la Familia Aguilar, ambos bandos no se atrevieron a actuar con demasiado descaro. En su lugar, se centraron más en llevar a cabo asesinatos encubiertos y atentados contra personas clave.

En cuanto a Fernando, reanudó una vida normal, como si todo no tuviera nada que ver con él. Durante el día, paseaba por la Clínica Médica de Jerónimo, que estaba en obras, y por la tarde volvía a Bahía Dragón o al pequeño patio de la Residencia Mendoza.

Después de tres días de tratamiento, y de que Luciana se tomara tiempo libre para asesorarla, las heridas de Rosario sanaron por completo y no le quedaron cicatrices psicológicas. Aparte de no informar a sus padres para evitarles preocupaciones, volvió a ser la de siempre, animada y alegre.

Por la mañana temprano, mientras Fernando aún dormía, ella empezó a aporrear su puerta.

—Fer, ¡despierta! Ya es tarde.

En los últimos días, Fernando había estado cultivando hasta altas horas de la noche antes de irse a la cama. Se levantó de mala gana, se refrescó y abrió la puerta de su habitación.

Rosario se aferró de inmediato a su brazo.

—Fer, la Señorita Luciana lleva unos días cuidando de mí. ¿Qué tal si la invitas a comer hoy? —Luciana lanzaba una mirada resentida a Fernando de reojo, como si fuera un desalmado que se olvidaba de sus amigos tras obtener cierto éxito.

Bostezando, Fernando estaba a punto de hablar cuando sonó su teléfono. Era una llamada de Berenice.

—Espera, tu futura cuñada me está buscando. —Dicho esto, Fernando se apartó para contestar al teléfono.

Luciana se mordió con suavidad el labio y dio un codazo a Rosario. Murmuró con suavidad:

—Rosy, eres muy mala haciendo de casamentera. Tienes que compensármelo.

Rosario preguntó:

—¿Cuál es el problema?

—¿Cuál es el problema? —Luciana dijo con resentimiento—: Me has estado lavando el cerebro todos los días, intentando que me interesara por tu hermano. Y ahora sé que tiene novia. ¿Qué tienes que decir al respecto?

Rosario hizo un puchero y preguntó:

—Entonces, ¿qué hacemos?

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