Al caer la noche, el resplandor púrpura del crepúsculo envolvió a Ciudad Jade.
—¿Todavía no vas a dar una explicación, Fernando? —preguntó Ramona mientras comía un tazón de comida que había traído, con los pies apoyados en la mesa. Mientras masticaba, preguntó—. ¿No tienes hambre?
Fernando permaneció en silencio con los ojos cerrados.
—Estoy impresionada. Las Familias Mejía, Hernández, Zavala, Lamadrid, Mendoza, el vicegobernador y muchos otros llamaron para pedir clemencia por ti. Para tu mala suerte, no soy fácil de convencer. Mientras te niegues a dar una explicación, nadie puede sacarte de aquí. De hecho, cuanto más intentan estas personas sacarte, más convencida estoy de que hiciste algo malo.
Una sutil mirada de sorpresa pasó por los ojos de Fernando al abrirlos.
«Así que, las familias no eran tan incompetentes como pensaba. Hicieron lo mejor que pudieron, pero Ramona no cedió. Me pregunto cómo resiste tanto a la presión que están ejerciendo sobre ella cuando solo es una capitana de policía. Es como si no tuviera miedo de ofender a nadie en absoluto».
—Eres de Durban, ¿verdad? —preguntó.
Ramona se quedó helada por un momento.
—¿Por qué me preguntas eso?
Aunque ella venía de Durban, rara vez lo mencionaba para facilitar su trabajo. Solo pocas personas en Ciudad Jade lo sabían. Basándose en su reacción, Fernando supo que su suposición era correcta.
«Apuesto a que es hija de una figura prominente, lo que explicaría por qué es capaz de resistir una cantidad absurda de presión».
Sonrió.
—No esperaba que fueras tan difícil de quebrar. Supongo que debo salvarme solo.
—¿Salvarte solo? Si incluso el vicegobernador no puede persuadirme, ¿quién crees que puede hacer que te libere? —respondió Ramona con arrogancia.
Sonriendo, extendió la mano hacia ella.
—¿Puedes pasarme mi móvil? —Para evitar que se negara, añadió—: No puedes restringir mi libertad ya que solo estoy aquí para asistir a la investigación.
Ella hizo lo que le pidió.
—Voy a mantenerte aquí, incluso si puedes convocar a un dios.
Fernando marcó un número. Sonó durante tres segundos antes de que se escuchara la voz agitada de un hombre de mediana edad al otro lado.
—¡Doctor Lemus!
—Estoy en un pequeño problema. La capitana de policía de Ciudad Jade, Ramona Manzano, me detuvo, y tengo hambre porque aún no he almorzado. Espero que ella me mande algo en persona en diez minutos.
Fernando colgó y colocó el móvil sobre la mesa. Ramona se burló:
—Todavía actuando, ¿verdad? ¡No importa qué, no te voy a liberar! ¡Sigue soñando!
Luego, masticó su comida con fuerza para provocar a Fernando. Sin embargo, desde su perspectiva, ella solo estaba actuando de manera muy infantil. Así, cerró los ojos con fuerza y la ignoró de nuevo. Siete minutos después, cuando Ramona terminó su comida y estaba a punto de interrogarlo de nuevo, su móvil sonó. Su expresión cambió cuando vio quien llamaba. Presionó el dispositivo en su oreja y se levantó.
—¡Tío Reynaldo!
La persona al otro lado habló un poco antes de que su expresión cambiara. La confusión apareció en su rostro antes de transformarse en sorpresa. Cuando la llamada terminó, Ramona tenía una mirada complicada.
—¿Quién eres? ¿Por qué el General Reynaldo también me pide que te libere?
La persona al otro lado de la llamada era Reynaldo Pinal, un oficial de una organización importante en Lindavista, el Pabellón Régulo. Era una de las cinco entidades más influyentes en el ejército de Lindavista. Ramona no podía entender por qué alguien tan distinguido como Reynaldo la persuadiría para liberarlo.
Fernando levantó las manos esposadas con una sonrisa.
—¿No dijo que no hiciera preguntas y que hiciera lo que dijo, Capitana Manzano? Debo admitir, me sorprende que Rey tuviera que ponerse en contacto con usted. No es de extrañar que haya podido detenerme durante horas.
Ella no quería dejarlo ir, pero no tenía el valor para desobedecer a Reynaldo, quien le ordenó con un tono de acero. Apretó los dientes y le quitó las esposas a Fernando.
—Sal de aquí.

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