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Médico Supremo romance Capítulo 66

Había una multitud a las puertas de la UCI.

Cuando Alejandro y Fernando llegaron, la multitud saludó con respeto a Alejandro:

—¡Doctor Cortez!

Fernando miró con apatía a su alrededor y se dio cuenta de que la sala estaba llena de personalidades importantes de Ciudad Jade, así como de expertos y profesores de otros campos. A juzgar por su edad, cerca de la mitad de ellos eran alumnos de Sael.

En efecto, Sael tuvo muchos alumnos a lo largo de su vida como profesor.

Tras responder con amabilidad a la multitud, Alejandro se volvió hacia un hombre de unos cuarenta años, con aspecto de erudito, y le dijo:

—Wilfredo, éste es Fernando Lemus. Es el que hace poco ayudó al Señor Mejía e incluso trató a la nieta de la doctora Martínez. Lo he invitado a venir.

Todos se volvieron para mirar a Fernando con el ceño fruncido.

Wilfredo incluso tenía una mirada escéptica.

Si no fuera por la recomendación de Jerónimo y Alejandro, podría haber pensado que se trataba de una broma.

¿Cómo puede alguien tan joven ser experto en medicina?

La cortesía de Wilfredo enmascaró su duda.

—Señor Lemus, ¿realmente trató al Señor Mejía y a Juliana?

Fernando respondió con calma:

—En efecto.

Dejando a un lado su escepticismo, Wilfredo continuó:

—Mi padre se enfrenta a un linfoma en fase avanzada. Darío Huerta se lo diagnosticó en Durban y dijo que sólo le quedaban un par de semanas de vida. Ahora le quedan cuatro o cinco días. ¿Puedes ayudar a alargarlo otras dos semanas?

Era muy consciente del estado de su padre. No esperaba una recuperación milagrosa y sólo esperaba un poco más de tiempo para que el anciano pasara de los ochenta años.

Fernando se acercó a la pared de cristal de la sala de la UCI donde Jerónimo, con un traje estéril, estaba haciendo acupuntura a un frágil anciano.

Fernando levantó la mano y golpeó el cristal antes de que Wilfredo pudiera impedírselo.

Al escuchar el sonido, Jerónimo levantó la vista y sonrió mientras corría hacia el cristal y hablaba por el interfono.

—¡Maestro, por fin está aquí!

—Wilfredo, ¿qué esperas? ¡Deja entrar a mi Maestro para que vea a Don Calderón!

La mano levantada de Wilfredo que estaba a punto de detener a Fernando se congeló en el aire. Parecía asombrado.

Los demás también se sorprendieron.

Al fin y al cabo, Jerónimo Martínez era uno de los diez mejores médicos milagrosos de Lindavista.

Sin embargo, en realidad se había dirigido a Fernando como su Maestro.

¿Podría ser real?

Al recobrar el sentido, Wilfredo preguntó:

—Señor Martínez, ¿cómo acaba de llamar al Señor Lemus?

Jerónimo respondió:

—Sus conocimientos médicos son mejores que los míos, pero no me acepta como discípulo. Así que lo trato con respeto como a un maestro mío.

Todos escucharon con claridad sus palabras. Todos dirigieron sus miradas intrigadas hacia Fernando.

Fernando, tan sereno como siempre, dijo:

—Señor Martínez, hábleme del estado de Don Calderón.

Jerónimo resumió rápidamente:

—Don Calderón padece un linfoma en fase avanzada. Se le ha extendido a las axilas, la espalda y los órganos. La zona del cuello es la más afectada, y está afectando a su respiración. En estos momentos depende de un tubo de traqueotomía para respirar. Una vez que retiremos el tubo, Don Calderón fallecerá casi de inmediato. Aunque la cirugía podría prolongar su vida, es inmune a la anestesia. Es imposible sedarlo.

Hacía un rato, Fernando había sentido curiosidad por saber cómo alguien como Sael, que se sometía a revisiones médicas dos veces al año, podía acabar en un estado tan crítico.

Sin embargo, ahora lo entendía. Sael poseía una rara constitución neuroinmune, lo que significaba que la anestesia era ineficaz en él. Con esta condición, no podía someterse a ninguna operación, ya que el dolor sería insoportable.

En ese momento, cualquier duda que Wilfredo tuviera sobre Fernando se había evaporado. Sus palabras estaban ahora impregnadas de respeto.

—Señor Lemus, en esta situación, ¿podría ayudar a mi padre a sobrevivir un poco más?

«¿Otra década?».

Paró a un médico jefe con el que estaba familiarizado y le preguntó:

—Doctor Valero, ¿es cierto el rumor que circula por el hospital?

El médico cincuentón asintió.

—Es cierto. El Doctor Cortez envió un aviso a todos los médicos jefes adjuntos y superiores para que fueran a observar. Se dice que este médico milagroso es incluso mejor que el Doctor Martínez. Voy para allá ahora mismo.

Los ojos de Tristán brillaban de esperanza.

—Por fin hay esperanza para Mati. —De repente, pensó en Fernando y apretó los puños—. Mañana es el día en que morirás, mocoso. ¡Hoy me siento extra feliz!

En aquel momento, Fernando no tenía ni idea de la atención que habían suscitado los preparativos de Alejandro.

Una vez vestido con ropa estéril, entró en la sala de la UCI y se acercó a la cama. Jerónimo preguntó:

—Maestro, aunque la cirugía fuera posible, sólo prolongaría la vida de Don Calderón unos meses. ¿Cómo piensa curarlo por completo?

Fernando concentró su energía espiritual en los ojos y contempló el cuerpo de Sael. Podía ver una red de ganglios linfáticos justo debajo de la piel. También era visible la propagación de la infección en los órganos.

Respirando hondo, Fernando retiró la mirada.

—Desinfecta la parte superior de su cuerpo, luego masajea con alcohol médico. Inducir fiebre debería ser suficiente.

Jerónimo no le cuestionó y de inmediato ordenó a Mauricio:

—¡Sigue las instrucciones del Maestro! ¡Date prisa!

Como médico interno, a Mauricio no le sentaba bien que le dieran órdenes como a una enfermera. Sin embargo, no tenía elección.

—De acuerdo…

Diez minutos después, Mauricio terminó lo que se le había ordenado.

Fernando se adelantó y sacó más de una docena de finas agujas doradas que administró con un preciso movimiento de los dedos.

Tanto Jerónimo como Alejandro, que observaban desde fuera, exclamaron casi al mismo tiempo:

—¡Agujas Reanimadoras del Alma!

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