Isabela detuvo sus pasos por inercia.
Al notar su nerviosismo, Álvaro le tomó la mano de inmediato.
—No tengas miedo, mi familia es muy amable —le susurró con dulzura.
Isabela ya conocía a la madre de Álvaro. Eran los tíos y la abuela a quienes nunca había visto.
—Siéntete como en casa. No te pongas nerviosa ni te preocupes por el protocolo —le dijo Carolina con una sonrisa.
Aunque los hermanos hablaron en voz baja, los mayores sentados en la sala lograron escuchar y todos dirigieron la mirada hacia ellos.
Armándose de valor, Isabela caminó al lado de Álvaro.
—Abuela, mamá, papá. Isabela y la señora Ortiz han llegado —anunció Álvaro, y luego procedió a presentar a la familia.
Isabela los saludó con una sonrisa cordial.
Vanessa Ortiz y los demás también saludaron. La señora Morales se levantó de inmediato y, con entusiasmo, guio a Vanessa para que se sentara a su lado.
Esteban Morales hizo lo mismo, invitando a Héctor y a su esposa a tomar asiento.
La abuela Morales lucía mucho más envejecida que la señora Fátima, probablemente por su delicada salud. No poseía la vitalidad de la matriarca de la familia Silva, quien aún caminaba con pasos firmes.
Estaba sentada en el sofá con aire cansado, casi cabeceando. De no ser por su hijo y su nuera que conversaban con ella, seguramente se habría quedado dormida.
Al escuchar la voz de Álvaro, la anciana se despabiló. Levantó la mirada hacia Isabela y, tras observarla de pies a cabeza, pareció comprender por qué su nieto mayor estaba tan enamorado.
Era una mujer hermosísima.
Tenía una elegancia innata.
Irradiaba seguridad y un magnetismo personal arrollador.
No era de extrañar que aquel muchacho de la familia Silva se arrepintiera tras el divorcio.
Tras su separación, esta mujer había prosperado, le iba muy bien en los negocios, había invertido en varios proyectos y demostraba tener un excelente instinto.
Noelia, que ocupaba el asiento junto a la anciana, se apartó de inmediato para cederle el lugar a Isabela.
Álvaro se sentó con total naturalidad al otro lado de su abuela.
Cuando Isabela se sentó, la anciana le tomó la mano, la miró de nuevo y le sonrió.
—¿Te molesta si te llamo Isa? Tienes un aura de muy buena fortuna.
Al tenerla tan cerca, la anciana pudo apreciarla mejor y percibió en ella una energía próspera; tenía un rostro luminoso.
Las familias ricas daban mucha importancia a los rasgos y a la compatibilidad de los astros al elegir a sus nueras. Alguien que trajera buena fortuna y prosperidad al hogar siempre era bienvenida.
—Puede llamarme Isa, señora Morales.
La anciana se quitó un brazalete de jade de la muñeca, tomó la mano de Isabela y se lo colocó en la palma, sonriendo.
—Este brazalete de jade fue parte de mi dote y es una de mis joyas favoritas. Ahora te lo regalo como obsequio de bienvenida.

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