Elías ayudó a su exsuegra a sentarse en el sofá y le pidió a Ana que le sirviera un vaso de agua. Aunque por dentro lo consumía la angustia, primero trató de consolarla.
—Señora, Isabela estará bien. Quizás le surgió un imprevisto y su teléfono se quedó sin batería justo en ese momento, por eso no podemos contactarla. No se preocupe, estoy seguro de que no le pasará nada malo.
Sin embargo, en su mente resonaban las palabras que el Maestro le había dicho.
Le advirtió que ambos enfrentarían un peligro inminente, una situación de vida o muerte.
Él ya había sobrevivido a su propio infierno, ¿ahora era el turno de Isabela?
—No, no puede ser. Todos los días, antes de salir, ella se asegura de que su teléfono tenga la batería completa. Es imposible que se haya apagado por falta de carga. Algo le pasó —dijo Vanessa con los ojos enrojecidos—. También es mi culpa, por no llamarla en todo el día. Pensé que estaba con la familia Morales. ¿Cómo pudo Álvaro ocultarme algo así?
Elías también maldecía a Álvaro en su interior. ¿Le pidió ayuda a las familias Delgado y Rivas, pero no le dijo nada a él?
Seguramente creyeron que, con el poder de sus tres familias, podrían rescatarla en un solo día, tal como hicieron con Carolina, trayéndola de vuelta sana y salva.
¿Acaso no se lo dijeron por miedo a que él se llevara el mérito? ¿Temían que, si él terminaba rescatando a Isabela, ella volvería a sus brazos?
No obstante, de sus labios salieron palabras para excusar a Álvaro:
—Álvaro solo quería evitar que se preocupara, señora. Seguramente actuó en cuanto notó las indirectas de Isabela por teléfono. Si aún no hay noticias, es porque los responsables son demasiado astutos. Es probable que la hayan sacado de Nuevo Horizonte.
El territorio de influencia de esas familias estaba en Nuevo Horizonte. Mientras Isabela siguiera en la ciudad, la encontrarían rápido. Pero si la habían llevado a otro lado, la dificultad se multiplicaba.
Con los recursos de las familias Morales, Delgado y Rivas, seguro la encontrarían si les daban un par de días.
El problema era que nadie podía garantizar qué le sucedería a Isabela en ese tiempo, ni si la traerían de vuelta con vida o si encontrarían lo peor.
—Señora, no culpe a Álvaro. En su lugar, yo habría hecho lo mismo. Si usted se enteraba, solo iba a sufrir más sin poder ayudar en nada.


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