—¡Me dio tanta rabia! Elías realmente ha cambiado. Ya no le tiene consideración a Jimena. Después de semejante tragedia, se negó a mover un dedo y solo dijo que Jimena debía revelar quién era el autor intelectual.
—Jimena ya ha dicho que no sabe nada... ¿Cómo va a saber quién está moviendo los hilos desde las sombras?
—Mamá, ¿de verdad cree que no sabe nada? Incluso si no lo sabía desde el principio, cuando la policía de tránsito detuvo su auto, cualquier persona con sentido común se daría cuenta de la situación. Pero ella decidió guardar silencio y empezó a mentir sin parar.
La policía había interrogado a Jimena varias veces, pero ella mantenía los labios sellados, limitándose a llorar y jurar que había sido manipulada y engañada.
Después de crecer juntos, ser novios por años y estar casados otros dos, Rodrigo conocía perfectamente a la mujer que dormía a su lado. Si Jimena no decía la verdad, era porque creía que, gracias a sus contactos, terminaría saliendo libre de polvo y paja.
Seguía convencida de que su propia familia, la de su esposo y la familia Silva se unirían para limpiarle el nombre.
Siempre pensó que no importaba el tamaño de su error, con el dinero y poder de su gente, todo se arreglaría sin que ella tuviera que preocuparse.
Nunca imaginó que la familia de su esposo le daría la espalda, ni mucho menos que los Silva se lavarían las manos por completo. Su madre era la única desgastándose sin lograr absolutamente nada.
La víctima era la hija de la familia Morales, que en nada envidiaba el poder de la familia Castillo. Si los Méndez y los Silva no intervenían, la familia Castillo no tenía oportunidad alguna. En resumen, esta vez Jimena había cavado su propia tumba.
—Mamá, me pidió que volviera esta noche para decirme algo en concreto. Se lo diré claro desde ahora: con este asunto de Jimena, tengo las manos atadas. Esto no es como antes; no se soluciona tirando un poco de dinero y pidiendo perdón.
—Lo mejor que puede hacer, mamá, es mandarle un mensaje con el abogado. Dígale que entregue al que le envió el mensaje para recoger a esa gente. Esa persona es sin duda el cabecilla de los secuestradores, el verdadero autor intelectual.
La señora Castillo lo miró estupefacta.

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