—Y si Álvaro llega justo en ese momento y te ve enredada con tu exmarido, ¿crees que el romance entre ustedes tendría algún futuro?
Isabela no aguantó más. Tomó la taza de té que Ulises le había servido antes y se la arrojó a la cara con todas sus fuerzas.
Ulises ni siquiera se molestó en esquivarla; el líquido le empapó el rostro y la taza rebotó contra su mejilla antes de estrellarse contra el suelo, haciéndose pedazos.
Se tocó lentamente el golpe en la cara, tomó un pañuelo de papel para secarse y dijo con tranquilidad:
—Saca toda esa rabia que tienes. Quién sabe si, después de estos días, alguno de ustedes vuelva a ver salir el sol.
Las cuatro familias más poderosas de Nuevo Horizonte y la policía estaban tras sus pasos. Jimena ya estaba en la cárcel; aunque todavía no lo había delatado, nada garantizaba que no fuera a abrir la boca pronto.
Ulises sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que la policía lo atrapara y la ley lo castigara, igual que en su vida pasada.
En esa vida había muerto así sin más, pero esta vez, si caía, se llevaría a unos cuantos a la tumba con él.
—Si yo fuera tú, Isabela, comería y bebería todo lo que pudiera. Es mejor morir con el estómago lleno que como un alma en pena muerta de hambre.
—De esa droga que te mostré tengo montones; muchos clubes nocturnos me la compran. Si destruyes un paquete, tengo miles más guardados.
Dicho esto, Ulises se levantó y se dirigió a las escaleras.
Su ropa estaba empapada por el té, así que subió a cambiarse.
Dejó a Isabela sola en la sala, ignorándola por completo.
Pero Isabela no tenía escapatoria.
Sus guardaespaldas bloqueaban la puerta, y aunque podía moverse libremente por la sala, la casa estaba llena de cámaras de vigilancia de última generación. Ya fuera que intentara esconderse o escapar, todo quedaría grabado.

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