Se había lastimado intentando liberarse con desesperación.
Tras desatarla, Álvaro la ayudó a salir de la maleza.
—Menos mal que no rodaste más lejos, porque ahí abajo está el mar —dijo él, aliviado por su suerte.
Si hubiera caído al océano con las manos amarradas, habría sido una muerte segura.
—¿Y Elías? ¿Cómo está Elías? —preguntó Isabela.
Había tenido suerte de poder defenderse, evitando que la drogaran e incluso hiriendo al secuestrador, para esconderse a salvo temporalmente.
Pero Elías había estado luchando desde que llegó. Por muy bueno que fuera peleando, los criminales eran demasiados. Cuando se la llevaron de la escena, ella había visto su rostro perder todo su color.
—Elías solo está exhausto. Vicente y los guardaespaldas lo llevaron al hospital, se pondrá bien —la consoló Álvaro—. Isabela, nosotros también tenemos que ir al hospital.
Isabela abrió la boca para decir algo, pero antes de emitir sonido, se desmayó.
Tampoco había salido ilesa. Solo el instinto de supervivencia la había mantenido en pie. Al comprobar que estaba a salvo, la tensión se desvaneció y su cuerpo no dio para más.
Tres días después.
Al abrir los ojos, lo primero que Isabela vio fue un techo y paredes completamente blancos, mientras un fuerte olor a antiséptico inundaba sus fosas nasales.
Su madre y su tío estaban sentados al pie de la cama. Al verla despertar, a su madre se le llenaron los ojos de lágrimas antes de pronunciar palabra.
Su tío se apresuró a tocar el timbre junto a la cabecera para llamar a los doctores y enfermeras.
Estaba en el hospital.
Poco a poco, Isabela fue recuperando la conciencia.
—Mamá... —murmuró, pero su voz sonó extremadamente ronca.
—Isa, no hables ahora. Estabas muy malherida. Has estado en coma tres días con sus noches. Me diste un susto de muerte, pensé que tú...
Vanessa Ortiz no pudo seguir; el nudo en la garganta y un llanto descontrolado la interrumpieron.


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