Sabía que, si Catalina veía las marcas, tendría que preguntarle la razón.
Cuando Noelia llegó a la Residencia Lago, al salir del ascensor y antes de entrar, vio a Leo parado frente a la puerta.
Se detuvo un momento:
—¿Qué haces en la puerta de mi casa?
Leo la miró con indiferencia:
—Entra primero.
No dijo que Catalina lo había echado y no lo dejaba pasar.
Noelia no le prestó más atención, entró y cerró la puerta.
Leo suspiró.
Noelia fue a la sala.
Ya se había preparado mentalmente, pero, al ver la foto, no pudo evitar conmoverse.
Ella era tan pequeña en esa imagen.
No podía ver bien el rostro de su madre, pero sí su vientre abultado.
Ahí dentro estaba su hermana.
Si nada hubiera salido mal, habrían sido una familia feliz.
Habría crecido junto a Catalina desde pequeñas, habría podido mimar a su mamá, comer juntas...
A Noelia se le humedecieron los ojos mientras apretaba la foto entre los dedos.
Esa reacción era genuina.
Catalina preguntó:
—Reconoces que eres tú, ¿verdad?
Noelia asintió.
Catalina se alegró de verdad por ella:
—¡Entonces aún puedes encontrar a tu madre!
—Y mira, quizá tengas un hermano o una hermana.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Noelia:
—Sí.
Catalina tomó unos pañuelos y le secó las lágrimas:
—¿Por qué lloras? Esto es algo bueno.
—Además, qué coincidencia tan bonita.
—Nuestras madres eran mejores amigas.
—Supongo que por eso nosotras también nos hicimos amigas.
Noelia la abrazó:
—Sí, qué coincidencia tan bonita.

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