Catalina había estado ocupada últimamente.
Llevaba mucho tiempo sin jugar a ese jueguito de gestión de granja.
Apenas inició sesión, notó que su granja había cambiado.
Antes dividía el terreno en cuatro parcelas y plantaba algo diferente en cada una.
Pero ahora, las cuatro parcelas se habían convertido en un solo campo grande.
Además, su nivel había subido.
Catalina frunció el ceño, sin entender qué pasaba.
Entró al registro de visitas.
Y se quedó paralizada al ver un nombre.
Cuando empezó a jugar, para completar las misiones, Catalina había descargado el juego en el celular de Leo.
Había creado una cuenta y lo había invitado a la granja.
Pero en realidad, ella manejaba las dos cuentas.
Leo no jugaba a esas cosas.
Solo usaba su cuenta cuando necesitaba completar misiones de amigos.
Por eso, el nivel de Leo siempre había sido mucho más bajo que el suyo.
Pero ahora, su nivel era idéntico al de ella.
Catalina fue a la granja de él.
Al entrar, vio la misma distribución que la suya.
Hasta los cultivos eran iguales.
Catalina no supo qué sentir y pagó el celular.
Se dio la vuelta y quedó de espaldas a la persona que estaba a su lado.
Sintió el pecho oprimido.
No sabía desde cuándo él había hecho eso.
¿Antes de que Laura volviera?
¿O después?
Cualquiera de las dos opciones bastaba para derrumbarla.
La primera significaba que Leo la quería, pero que quería más a Laura.
Que mientras Laura no estuviera, él era capaz de cambiar sus gustos por ella, de hacer lo que a ella le gustaba.

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