—Eso no está dentro de tus responsabilidades —Dorian habló con esa voz profunda y pesada que era su sello—. Si tienes tanto tiempo libre, mejor regresa a trabajar.
—Voy a tomarme dos días más de vacaciones —contestó Yael, firme, sin intención de ceder—. Sr. Ferrer, sé que sigue enojado, pero hoy Frida me dijo algo que me hizo pensar. Usted y la señorita Soto… desde el principio fue usted quien provocó esa distancia. Le toca a usted dar el primer paso para arreglarlo y demostrar que de verdad quiere enmendar las cosas. Antes, cuando la señorita Soto no recordaba nada de su pasado, era como una hoja en blanco; usted decía cualquier cosa y ella le creía. No tenía que esforzarse para animarla, le sobraba la paciencia y la trataba como si fuera una niña a la que había que consentir. Pero ahora que ella ha recuperado la memoria, esa paciencia ya no existe. Si ya reconoció que en el pasado cometió errores en el matrimonio, que le falló y quiere compensarla, ¿por qué no puede acercarse a ella de una manera tranquila y sincera? Ella en el fondo es fácil de convencer…
—Yael… —intervino Rufino, apurado, temiendo que Yael se estuviera pasando de la raya.
Dorian no era alguien que se negara a escuchar razones, pero Yael seguía siendo su subordinado. Hablarle así, señalándole sus errores justo cuando el jefe estaba de mal humor, podía costarle incluso esos dos días de vacaciones que le quedaban. Rufino temía que su compañero se metiera en problemas por no medir sus palabras.
Sin embargo, Dorian, en tono distante, dijo:
—Déjalo hablar.
—Usted siempre parece muy calmado, pero en realidad está perdiendo el control —Yael continuó, decidido a decir todo lo que pensaba—. Cada decisión que toma respecto a la señorita Soto parece muy razonable, como si la respetara, pero en el fondo sigue lastimándola. La señorita Soto creció sin sentir seguridad ni cariño. Blanca Soto la rechazó, y para sobrevivir tuvo que aprender a esconder sus deseos, a aceptar lo que le tocara sin protestar. Todo eso se le quedó grabado en lo más profundo. Aunque ahora tiene la fuerza para plantarse ante el mundo, cuando se trata de usted, le cuesta mucho defenderse y pedir lo que necesita.
Yael hizo una pausa, respiró hondo, y siguió, con voz más suave pero igual de firme:
—No es solo por cómo creció. El problema es que usted siempre da esa sensación de ser intocable, como si la gente solo pudiera admirarlo desde lejos, pero nunca acercarse. Para ella, usted es como una montaña: algo que solo se puede mirar desde abajo, imposible de alcanzar. Si usted no da el primer paso, ella nunca se va a acercar. Y ni siquiera es que usted se acerque, porque cuando ella le pregunta algo, usted solo responde como si estuviera en el trabajo, sin mostrarle un poco de calidez. Por eso ella no tiene confianza en usted. Por cómo fue su infancia, lo que ella necesita es alguien que sea como el mar, que pueda abrazarla y darle espacio para ser ella misma. No alguien como una montaña, que solo está ahí para que lo vean de lejos. Si no puede dejar atrás ese miedo a que ella se vaya, mejor déjela ir en paz.

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