Al ver el rostro de Dorian tan cerca, Serena no pudo evitar incorporarse un poco y abrazarlo con fuerza.
—Papá, te extrañé muchísimo.
Su voz, suave y con ese tono de ternura, llevaba un matiz de tristeza que de inmediato tocó la fibra sensible de Dorian, haciéndolo sentir culpable.
—Yo también te extrañé mucho, Serena —dijo Dorian mientras le acariciaba el cabello con un gesto lleno de cariño y consuelo.
Los grandes ojos de Serena, brillosos y llenos de reproche, miraron a Dorian con sinceridad.
—Te fuiste sin avisarme, me sentí muy triste —confesó, expresando sus sentimientos sin una pizca de vergüenza.
Dorian, conmovido por la honestidad de su hija, bajó la cabeza y le dio un beso en la mejilla.
—Perdóname, debí habértelo dicho antes —se disculpó en voz baja, su tono cargado de arrepentimiento.
—No pasa nada, mamá también me dijo que debía comprenderte. Dijo que a veces los papás no pueden hacer lo que quieren —respondió Serena, aunque en realidad no entendía muy bien lo que eso significaba.
Dorian esbozó una pequeña sonrisa, le acarició la cabeza y juntó su frente con la de ella, quedándose un momento en silencio, disfrutando ese instante.
En ese momento, Marta salió del interior de la casa.
—Señor Ferrer, qué bueno que llegó. No ha comido, ¿verdad? Déjeme calentarle la comida, aunque sea un poquito, para que no se quede con hambre.
—No te preocupes —replicó Dorian—, comí algo en el avión.
—¿Y tú crees que la comida de avión llena el estómago? —aventó Marta, ignorando la negativa de Dorian—. Siéntese un rato, yo en un segundo le traigo algo.
Sin esperar respuesta, Marta ya iba de regreso a la cocina.
Yael también intervino desde la sala.
—Pues ni modo, te toca comer lo que hay. Además, ni avisaste que venías, así que hoy no compramos nada especial.
Sobre la mesa, además de una computadora portátil, había un montón de hojas de bocetos, unas encima de otras y todas con marcas de uso, algunas dobladas y otras con esquinas arrugadas, evidencia de largas horas de trabajo.
Dorian se acercó, tomó una hoja al azar y se quedó observando los dibujos atiborrados de ideas. Las líneas eran delicadas pero firmes, inconfundibles, típicas del trazo de Amelia.
Se quedó mirando los bocetos, sumido en sus pensamientos, hasta que el sonido de una notificación de su celular lo sacó de su ensimismamiento.
Sacó el teléfono para mirar y notó que era un mensaje del trabajo.
Sin darle importancia, Dorian deslizó el dedo y lo ignoró. En cambio, abrió el chat de WhatsApp de Amelia.
La conversación seguía detenida en la noche anterior. Ella no le había escrito, como de costumbre, y tampoco parecía que lo fuera a hacer.
Dorian se quedó mirando la pantalla unos segundos, indeciso. Finalmente, movió los dedos y le escribió primero él:
[Aún sigues en ZJ? Te paso a buscar.]

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