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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1359

El teléfono sonó. Era Ricardo, quería hablar sobre los cambios en el proyecto.

Amelia no había cerrado la puerta de su cuarto. Al contestar, colocó a Serena a un lado y, con la otra mano, tomó papel y lápiz. Sostenía el celular entre la oreja y el hombro, dejando una mano libre para cuidar a Serena.

Dorian soltó un suspiro, tratando de contener la incomodidad que le provocaba ver a Ricardo buscar a Amelia. Entró al cuarto, levantó a Serena y no permitió que interrumpiera a su madre.

Amelia lo miró con cierta sorpresa.

Dorian, con Serena en brazos, no salió del cuarto, pero tampoco se acercó a platicar con Amelia.

La llamada se alargó más de lo esperado.

Dorian no sabía qué le habría dicho Ricardo a Amelia, pero la notó sonriente, los ojos brillándole de emoción. Pronto se sentó frente a la computadora, escribiendo y dibujando con una energía desbordante, completamente concentrada.

Dorian no podía descifrar si esa alegría desmedida de Amelia era por la pasión que sentía por su trabajo o por Ricardo.

Esa duda, que surgía sin motivo, lo hacía sentir como un tonto.

No le gustaba verse tan cambiante y contradictorio.

No se quedó mucho tiempo en el cuarto de Amelia, ni tampoco podía hacerlo. Serena, después de jugar un rato sola, se aburrió y empezó a jalar a Dorian para ir a jugar con arena.

Como no había dormido siesta en la tarde, a mitad del juego Serena se quedó dormida, tan cansada que por poco se cae de cabeza en el arenero.

Dorian la llevó a cambiar de ropa y después la acostó en el cuarto de Marta para que descansara.

Al salir del cuarto de Marta, Dorian miró hacia la habitación de Amelia. Ella seguía en llamada, ya más tranquila, pero aun así concentrada.

Dorian jamás estuvo en contra de que Amelia trabajara, al contrario, siempre la apoyó.

Pero con ese proyecto de Ricardo, por todo lo que él le había hecho antes a Amelia, Dorian no estaba de acuerdo en que siguiera participando.

Lo que menos esperaba era que Amelia fuera capaz de perdonar y dejar atrás el pasado, que no guardara ningún rencor y, encima, se entregara de lleno al proyecto. Esa comparación lo hacía sentirse absurdo.

No encontraba la manera de equilibrar ese contraste tan doloroso.

Aunque, desde la noche anterior y durante la mañana, él había presionado a Amelia de una forma que ni él mismo reconocía, ella permanecía impasible.

Ni siquiera podía usar como pretexto que Amelia le había dicho que sí al compromiso de matrimonio durante el tiempo en que perdió la memoria.

En esa época, Amelia parecía alguien que él había engañado para que se quedara a su lado. Si ella no quería recordar, él tampoco se atrevía a mencionarlo.

Después de pasar varios días enojado por los cambios de Amelia, Dorian, ya más calmado, tuvo que aceptar que la felicidad que vivieron durante su amnesia fue una mentira que él mismo se inventó.

No se atrevía a usar eso como arma para chantajearla. No quería que ella le echara en cara lo bajo que había caído.

La Amelia de esa etapa nunca fue la verdadera Amelia. Por eso, él vivía con miedo, esperando que ella recordara todo, pero también temiéndolo. Al final, el destino no estuvo de su lado.

Cuando ese dolor tan familiar le volvió a apretar el pecho, Dorian apartó la mirada, sin expresión alguna.

No quiso quedarse en la casa de Frida. Se fue solo al hotel, intentando refugiarse en el trabajo para no pensar en las heridas que Amelia le había abierto.

...

Amelia estuvo al teléfono varias horas. Al terminar, aprovechó la inspiración y se puso a ajustar el proyecto sin descanso. Cuando por fin acabó todo, ya era de noche.

Debería sentirse feliz, pero no tenía ganas de celebrar ni sintió alivio. Solo estaba agotada.

En medio de ese cansancio se quedó dormida, aunque su sueño fue inquieto. No dejaba de soñar que había vuelto al día en que terminó el examen de ingreso a la universidad.

La última materia era inglés. Como siempre se le dio bien, terminó antes de tiempo y fue la primera en salir del salón.

Ella y Dorian no estaban en el mismo salón, pero sí en aulas contiguas.

El asiento de Dorian estaba junto a la ventana.

Como en casi todos los exámenes de ingreso, ese día también llovía.

Después de salir, Amelia no se fue de inmediato.

Se quedó en la plaza de la escuela, sin paraguas, y no pudo evitar buscar con la mirada el salón donde estaba Dorian.

Él ya había terminado el examen. No se sabía si estaba pensando o distraído, apoyando la cabeza en la mano, mirando la lluvia por la ventana, sin que en su cara se notara la tensión del examen.

Sin querer, sus miradas se cruzaron en el aire.

Amelia le sonrió, apenas un poco, y en su cabeza se despidió con un susurro:

—Dorian, adiós.

Fue para él, pero también para sí misma.

Luego, se dio media vuelta y se lanzó de lleno a la lluvia, dejando atrás esa escuela y, con ella, su juventud.

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