Recorrió el lugar de arriba a abajo una vez más, pero seguía sin encontrar a Amelia.
Dorian no tuvo más remedio que hacerle una videollamada a Marta.
Nadie contestó.
Volvió a intentar con una llamada normal, pero tampoco hubo respuesta.
Frunció el ceño de inmediato y se dirigió a la oficina de seguridad, con la intención de averiguar si Amelia ya se había ido.
Pero antes de poder llegar, fue rodeado de nuevo por un grupo de directivos que se acercaron a brindar con él.
Como empresario e inversionista de renombre, su presencia en un evento así era una rareza, y todos querían aprovechar para hablarle sobre las intenciones de inversión del Grupo Esencia, buscando atraer oportunidades para la región.
Dorian tuvo que emplear algo de tiempo para poder zafarse.
Cuando finalmente llegó a la oficina de seguridad, el personal no sabía si Amelia se había ido. Para tomar un taxi desde el hotel, había que ir directamente al estacionamiento subterráneo, y revisar las grabaciones tomaría tiempo. Además, a menos que fuera una emergencia, no podían simplemente mostrar las cámaras; necesitaban la autorización de un superior.
Dorian tuvo que reprimir su impaciencia. Mientras esperaba que el guardia solicitara el permiso, volvió a llamar a Marta.
Afortunadamente, esta vez Marta contestó.
—Señor Ferrer, disculpe, estaba cuidando a Serena y no vi el celular.
Apenas se conectó la llamada, se escuchó la voz de disculpa de Marta.
—¿Amelia ya regresó a casa? —preguntó Dorian.
—No —respondió Marta, extrañada—. Se fue a la conferencia por la mañana.
Pero Dorian no confiaba en ella.
—Pon la videollamada.
Dicho eso, colgó y le envió una solicitud de video por WhatsApp.
Marta aceptó al instante. Estaba en la casa, e incluso giró la cámara para mostrarle el interior.
—Hoy solo estamos Serena y yo en casa. Frida y el señor Yael se fueron a trabajar. Meli también salió temprano, creo que a una especie de cumbre —le explicó.
Dorian echó un vistazo a la pantalla.
—Pásame a Serena.
—Claro.
Marta enfocó la cámara hacia Serena.
La niña estaba muy entretenida cavando en su caja de arena, rodeada de cubetas, carritos y palas de todos los tamaños. No tenía tiempo ni para levantar la vista.
—Serena —la llamó Dorian—. ¿Ya regresó mamá?
Serena levantó la cabeza, confundida, y negó.
—Mamá fue a una conferencia.
—Creo que le entró arena en el ojo… —respondió Marta con prisa—. Le cuelgo…
Y colgó.
Mientras tanto, en seguridad seguían esperando la aprobación del jefe.
Dorian perdió la paciencia. Sacó su celular y llamó directamente al dueño del hotel. Sin rodeos, le pidió que le dejaran ver una grabación.
Eran socios de negocios, y aunque el otro sintió curiosidad por la urgencia de Dorian, le dio luz verde al personal de seguridad.
Dorian fue directo a las grabaciones de los elevadores. Efectivamente, vio a Amelia entrar en uno y bajar hasta el estacionamiento subterráneo.
No llevaba bolsa, así que era difícil saber si ya se había ido.
Las cámaras del estacionamiento no captaron el momento en que subía a un carro, pero Dorian supuso que ya se había marchado.
Lo más importante de la conferencia era el registro y la primera mitad. El tiempo de socialización después del receso no era tan crucial para Amelia, que no tenía interés en ese tipo de interacciones, y además, Rufino Molina ya había llegado para representarlos.
Dorian se dirigió al estacionamiento subterráneo.
Su carro también estaba estacionado allí.
Pero apenas salió del estacionamiento, se encontró con un embotellamiento.
Era la hora pico de la tarde, y la fama de Maristela como "la ciudad del tráfico" era conocida en todo el país.
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