A Doris le hizo gracia, pero también le conmovió, ver a su nuevo y guapo papá tan preocupado.
—Papá, no te preocupes tanto, sé cuidarme sola.
—No importa si sabes cuidarte o no, no puedo estar tranquilo —dijo Felipe con seriedad.
En el camino de vuelta a casa, su mente no había dejado de dar vueltas. Si Doris no fuera tan hábil y fuerte mentalmente, si fuera una chica común y corriente del campo, ¡la familia de Julián ya la habría destrozado!
—Doris, no intentes disuadir a tu padre —dijo Tatiana—. Déjalo que piense en algo. Si no, no podrá dormir esta noche.
A Doris no le quedó más remedio que dejar que su guapo papá nuevo hiciera lo que quisiera.
No fue hasta después de la cena que a Felipe finalmente se le ocurrió una idea.
—A partir de mañana, voy a poner al equipo de la empresa a desarrollar un dispositivo para ti. Si tu ritmo cardíaco se altera, el sistema detectará el peligro y activará una defensa de electrochoque automáticamente. Yo también recibiré una alerta de peligro al instante y podré ir a donde estés de inmediato.
Doris se quedó perpleja.
La verdad es que había muy pocas cosas que pudieran alterar su ritmo cardíaco, pero ver a su nuevo papá tan preocupado por su seguridad le llenó el corazón de calidez.
—De acuerdo… papá. Pero no te preocupes, soy más fuerte de lo que crees. Te prometo que me cuidaré muy bien.
La mirada de Felipe se suavizó.
—Lo sé. Antes estabas sola, y si no te hubieras vuelto fuerte, no serías la mujer increíble que eres hoy. Pero de ahora en adelante, tu madre y yo queremos compartir esa carga, para que puedas disfrutar de la vida tranquila que te mereces a tu edad.
Doris, que nunca en su vida había llorado por dolor, sintió que las palabras de su guapo papá nuevo estaban a punto de hacerla romper en llanto.
¡Qué padre tan increíble!
***
Cayó la noche.
Al llegar a la propiedad Palma, el chófer estacionó el carro en el garaje. Ricardo, con el bastón en una mano y una bolsa en la otra, bajó y le dijo a Patricio:
—Tú ve primero. Tengo que ir a ver a Doris para darle estas herramientas de campo y que me dé el antídoto.
Patricio asintió. No se fue directamente a la villa del ala oeste, sino que se quedó de pie, observando con una expresión complicada cómo su hermano Ricardo, cargando una pesada bolsa de herramientas, cojeaba hacia la villa del ala este. Apretó los puños con rabia.
Su hermano ahora estaba cojo y humillado. ¿Dónde había quedado su antiguo porte?
¡Y todo por culpa de esa malcriada de Doris!
Desde que ella llegó, su familia no había hecho más que sufrir derrotas y humillaciones.
¡Era una verdadera estrella de la mala suerte! ¡Sus padres tuvieron razón en no traerla de vuelta en cuanto supieron que existía!
***

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