—Me halagas, Dori —sonrió Higinio—. En realidad, no fue difícil de adivinar. Dori dijo que era socia de este lugar, pero hasta donde yo sé, este restaurante siempre ha sido una pequeña propiedad de la familia Figueroa. Antes no era muy conocido, así que nadie lo sabía. Fue en los últimos dos o tres años, después de una remodelación, que empezó a hacerse famoso en Solara.
Doris se encogió de hombros.
—Te lo dije, tiene una mente muy ágil. Pero…
Lo que la sorprendió fue otra cosa.
—No me imaginaba que tú, Higinito, como futuro heredero de la familia Villar, con tanto trabajo y responsabilidades, supieras quién es el verdadero dueño de un negocio tan pequeño como Ají y Limón.
—Para llegar lejos, hay que conocer, si no todo el país o el mundo, al menos los negocios más importantes de Solara —explicó Higinio—. Conocer a tus rivales es la clave para ganar siempre.
—...
Antonio, observando a Doris y a Higinio, se sirvió una taza de té en silencio, pensando para sus adentros:
«¿Qué clase de monstruos son estos dos?».
Si de verdad volvía para heredar el negocio familiar, esperaba que el heredero de la familia Villar fuera un rival compasivo y no acabara con todas las empresas de la familia Figueroa.
***
Al salir de Ají y Limón, Carolina se dirigió a Ricardo con una expresión de disculpa.
—Lo siento, hermano, esta vez no pude ayudar.
Aunque Ricardo estaba decepcionado, no culpó a su hermana adoptiva. La consoló con amabilidad:
—No tienes nada que ver. Fui yo el que se descuidó. No me esperaba que Doris nos jugara una pasada así.
—No es tu culpa, Caro —resopló Patricio—. ¡Es esa mocosa la que es muy astuta! ¡No había forma de prever lo que hizo hoy!
—Hermano, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Carolina, preocupada.
—Parece que la única forma de conocer a la verdadera Maestra Dovina será esperar a la reunión de fin de mes —dijo Ricardo, decepcionado por haber perdido la ventaja.
Patricio, incapaz de contener su ira, miró hacia el restaurante con ojos que echaban fuego.
—¡No, de verdad que no puedo soportar esto!
—¡No me pasará nada! —dijo Patricio con seguridad.
***
Cuando Ricardo se fue con Carolina, Patricio condujo lentamente por el estacionamiento subterráneo en busca del carro de Doris.
Recordaba que, desde que Doris había vuelto con la familia Palma, conducía un Porsche Panamera blanco.
Pronto lo encontró.
¡Y estaba estacionado en un lugar VIP!
Patricio resopló. No se esperaba que una chica de pueblo supiera conducir un carro de lujo.
Mirando el carro de Doris con una expresión feroz, sacó su celular y llamó al guardaespaldas que esperaba cerca.
—Ven con tus hombres ahora mismo, tengo un trabajo para ustedes.
***

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