Higinio no tardó en adivinar su intención.
—Planeas que, mientras parece estar en coma, pueda escuchar y enterarse de muchas cosas que no sabría si estuviera despierto.
Doris asintió con un «ajá».
—Solo quiero que Patricio sepa cómo esa hermanita adoptiva que tanto adora, por la que no dudó en lastimarme a mí, su verdadera hermana, lo apuñala por la espalda.
Sería mentira decir que no sentía ni una pizca de resentimiento por haber sido abandonada por sus propios padres y hermanos.
Pero tenía claro que jamás se tragaría su orgullo ni se humillaría por conseguir unas migajas de su afecto.
¡Iba a hacer que se arrepintieran, y con todas las letras!
Y jamás los perdonaría.
—Qué ironía, los dos somos iguales, traicionados por nuestra propia familia —comentó Doris con un suspiro.
Higinio, en cambio, ya lo había superado.
—Contigo me basta.
—¿Y no te da miedo que te traicione yo? —bromeó Doris.
—No lo harás —dijo Higinio, con total seguridad.
Doris sonrió.
—Es verdad, no te apuñalaré por la espalda. Lo que haré será de frente… —alargó la última palabra antes de completarla—: ¡molestarte! —Dicho esto, se acercó a Higinio y le acarició ese rostro irresistible.
Mientras lo hacía, comentó—: ¡Qué cara tan bonita! Algún día la voy a desgastar a besos.
Los ojos de Higinio brillaron con una sonrisa cariñosa.
—No tienes que esperar a algún día, puedes empezar ahora mismo.
Doris pensó que tenía razón.
—Es verdad. Después de sobrevivir a esto, merezco darme el gusto de ser un poco caprichosa.
Dicho esto, se inclinó para besar ese hermoso rostro.
Justo en ese momento…
La puerta se abrió y se escuchó la voz de Manuel desde afuera.
—Señor, su padre y el joven Álvaro están aquí.
—¿Hiciste lo que te encargué ayer?
Álvaro asintió enérgicamente.
—Sí, ya está hecho. He conseguido que todos los que renunciaron vuelvan a la empresa.
Higinio esbozó una leve sonrisa que no le llegó a los ojos.
—La próxima vez, no te tomes libertades si no te lo pido. ¿Entendido?
A pesar del tono de advertencia de su hermano, Álvaro asintió dócilmente.
—Entendido.
Tras responder, dudó un momento y luego preguntó con cautela:
—Qué suerte que el accidente no te haya costado la vida. De verdad, una bendición.
Al escuchar esto, Higinio curvó los labios en una media sonrisa.
—Sí, ¿verdad? Quién diría que tengo tan buena estrella. De lo contrario, tú y mi padre se habrían salido con la suya.
***

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