Al llegar a este punto, fingió un escalofrío.
—¿Qué voy a hacer? Tengo mucho miedo, Higinito. Tienes que protegerme.
Higinio casi se atraganta con la actuación. Con una mezcla de diversión y cariño en la mirada, respondió:
—Claro que quiero protegerte, pero me temo que no me darás la oportunidad.
—Ya sé —suspiró Doris—. Es que ninguno de estos aguanta un round. No pasan de mí.
Miró los papeles que Higinio estaba leyendo.
—¿Qué es eso?
—Ya se aclaró lo del secuestro de Gabriela —dijo Higinio, dejando a un lado los documentos que Manuel acababa de entregarle. Bajó la vista hacia sus piernas, casi lisiadas por aquel incidente, y un brillo oscuro cruzó sus ojos—. Fueron Álvaro y Gabriela. En cuanto a Rubén, no participó directamente, pero es probable que supiera del plan y lo aprobara.
Doris entendió. Álvaro y Gabriela estaban acabados.
—No me importa si este Álvaro es mi verdadero hermano o no. Haber conspirado con Gabriela para secuestrarme y lastimarme ha cruzado una línea que no perdonaré. Pero la severidad de su castigo dependerá de lo que Manuel descubra al final. Si no es mi hermano, sino un hijo ilegítimo que Rubén intercambió, no solo le romperé las piernas, sino que haré de su vida un infierno.
—¿Y si resulta que es tu hermano? —preguntó Doris.
Higinio miró por la ventana.
—Mi madre murió por su culpa, pero dudo que quisiera que yo fuera tan despiadado con mi propio hermano. Lo enviaré a una isla desierta, le restringiré su libertad y lo dejaré allí para que espere la muerte lentamente.
Sin libertad. Un castigo adecuado.
—Parece que nuestra fiesta de compromiso será aún más animada —dijo Doris mientras tomaba una aguja de plata y la insertaba en un punto de acupuntura cerca de la rodilla de Higinio.
***
Tras colgar, el rostro de Álvaro se ensombreció aún más.
Regresó a su carro, pero no lo encendió. Se quedó sentado en el asiento del conductor, tratando de calmar la furia que ardía en su interior.
Solo cuando el fuego en su pecho comenzó a apagarse, tomó su celular y marcó el número de Carolina.
El teléfono sonó varias veces antes de que ella contestara con su voz suave.
—Álvaro, ¿qué necesitas?
—Quiero que nos veamos para hablar sobre cómo encargarnos de Doris en la fiesta de mañana. Sé que te interesará —dijo Álvaro, y esperó en silencio su respuesta.
Al otro lado de la línea, Carolina guardó silencio por un momento antes de responder.
—De acuerdo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida