Doris se acercó a Higinio y miró a Patricio en la camilla. Sabía que en ese momento él estaba consciente, escuchando todo a su alrededor con perfecta claridad.
Lo que no sabía era cuántas cosas, que nunca habría oído despierto, había llegado a escuchar durante ese tiempo.
Apartó la vista y respondió:
—El método que tienen para despertarlo soy yo.
Luego, miró a Ricardo y sonrió con sarcasmo.
—Ricardo, no dejas de decir que soy cruel, pero comparada con ustedes, me quedo corta.
Ricardo se quedó helado. A juzgar por las palabras de Doris, su padre probablemente ya la había amenazado usando a su tía. ¡Por eso había llamado a Higinio, para que la respaldara!
Se sintió un poco culpable, pero aun así respondió con firmeza:
—Tú nos obligaste. Ya que trajeron a Patricio, ven conmigo a la villa poniente para que lo despiertes.
Hizo una pausa y añadió:
—Y de paso, quítanos el veneno a Caro y a mí.
Detrás de sus lentes de sol, los ojos de Carolina brillaban de satisfacción.
«En cuanto me quite el veneno, será el fin de Doris».
Doris suspiró, con aire de resignación.
—Ya entendí.
Al verla tan dócil, Ricardo sintió un inusual alivio.
—Dori, si hubieras sido así de obediente desde el principio, no habríamos llegado a esto.
Doris soltó una risa forzada.
—Ricardo, ¿se te olvida que, si hubiera sido obediente en un principio, la que tendría la cara desfigurada sería yo?
Sus palabras le recordaron a Ricardo la primera vez que la vio, y se quedó sin respuesta.
—Eso ya pasó. Esta vez, solo tienes que despertar a Patricio y quitarnos el veneno a Caro y a mí. Podremos empezar de nuevo como familia, dejando atrás todos los rencores.
Doris se rio con desdén.
—Eso nunca va a pasar. ¿Podemos dejar de hablar? ¿O ya no quieres que Patricio despierte?
Ricardo:
—…
Al ver su actitud, era evidente que no tenía intención de reconciliarse con ellos. Una nueva punzada de frustración lo invadió.
—¡Higinio! ¡Prima! ¡Ya llegué!
Doris miró hacia la entrada principal. El carro de Rosalinda estaba detenido afuera, y ella asomaba la cabeza por la ventanilla del conductor, saludando enérgicamente.
Doris se dirigió al guardia.
—Déjala pasar.
La reja principal se abrió lentamente de nuevo.
Rosalinda volvió a su asiento y entró con el carro.
Al mismo tiempo, detrás de ella había otro vehículo.
Ricardo lo reconoció: era el carro de su tía Andrea.
Ambos vehículos se estacionaron en el garaje.
Rosalinda bajó del carro.
Con ella venían tres de sus mejores amigas. Sus familias tenían cierta influencia en Solara, pero como no eran cercanas a la familia Palma ni a Higinio, no habían sido invitadas a la fiesta de bienvenida de Doris ni a su compromiso. Todo lo que sabían sobre los rumores de Doris era lo que veían en internet.
Hoy, cuando Rosalinda les propuso llevarlas a la mansión Palma para presenciar en persona a la famosa heredera y conocer de cerca al legendario Higinio, el joven prodigio de Solara, las tres aceptaron encantadas.
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