Una sombra de oscuridad cruzó el rostro de Damián mientras hablaba con una frialdad glacial:
—Ya que hemos decidido entregar a mi tío a la policía, debemos aprovechar al máximo el valor que le queda.
Su voz carecía de toda emoción, como si Benicio no fuera su tío, sino un completo desconocido.
En realidad, en lo más profundo de su ser, Damián estaba consumido por una obsesión enfermiza: demostrar que era superior a Higinio.
El éxito de Higinio en todos los aspectos era como una espina clavada en su corazón. Las burlas de ser «el eterno segundo» lo habían llenado de un deseo frenético de superar a Higinio, de pisotearlo.
—¿Cómo lo aprovecharemos? —Oriana frunció el ceño, observando a Damián con una mirada inquisitiva, tratando de adivinar su plan. —¿Contratar a un asesino en nombre de tu tío?
Tras una pausa, continuó:
—No olvides que, durante todo este tiempo, solo su propio hermano, Álvaro, ha tenido la oportunidad de atentar contra Higinio, gracias a su relación especial. Y aun así, no logró acabar con él. Como su rival, lo conoces mejor que nadie; no es un blanco fácil.
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios de Damián.
—No se trata de contratar a un asesino, sino de usar la especialidad de mi tío para atacar a Doris.
»Es evidente que Higinio se toma en serio a esa mujer.
»Atacar a Doris lo desestabilizará mucho más que atacarlo a él directamente.
Oriana no hizo más preguntas. Con un tono serio, concluyó:
—La opinión pública sobre nuestra familia está por los suelos, y las noticias negativas nos están perjudicando gravemente. Esta noche, llevaré personalmente a tu tío a la comisaría para que se entregue y así minimizar el daño. El resto, te lo dejo a ti.
***
Grupo Villar.
Al oír pasos, Manuel se giró. Al ver que era Doris, asintió y salió de la oficina.
—¿Sabías que venía? —preguntó Doris, dejándose caer en el sofá como si fuera su propio espacio personal.
—Sí, me enviaste un mensaje diciendo que ya salías. Calculé que a esta hora ya habrías llegado a Solara, así que estuve pendiente de las cámaras. Te vi en cuanto saliste del elevador —Higinio activó el movimiento automático de su silla de ruedas y se acercó a ella.
Doris se reclinó perezosamente en el suave sofá y, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, dijo:
—Primero pasé por la casa de la familia Palma para firmar la transferencia de acciones, y de paso me enteré de las noticias del señor Carrasco.
Hizo una pausa, y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Higi, al exponer así los negocios de la familia Carrasco en el extranjero, ¿no temes que, en lugar de acabar con ellos de un solo golpe, solo te traiga más problemas? Después de todo, todavía tienes que lidiar con los Villar que codician el puesto de heredero. Encargarte de un asunto tan espinoso como el de los Carrasco podría ser demasiado.

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